menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Arraigo en tiempos nómadas | Por: Arianna Martínez Fico

14 0
11.02.2026

Por: Arianna Martínez Fico

Hay algo profundamente nómada en el espíritu de nuestra época. Viajamos más que nunca, trabajamos a distancia, cambiamos de ciudad con relativa facilidad y construimos identidades cada vez menos ancladas a un solo lugar. Podemos ser ciudadanos del mundo con una tarjeta de embarque en la mano.

Sin embargo, en medio de tanta movilidad y libertad, algo en nosotros sigue buscando arraigo. Un lugar al cual pertenecer, un espacio emocionalmente habitable, más que solo funcional.

Lo experimento en mi propia piel. Vivo en Madrid, una ciudad que me ha recibido generosamente, donde tengo una buena vida: relaciones, trabajo, oportunidades y belleza. En muchos sentidos, mudarme aquí fue un “upgrade”. Profesionalmente, incluso siento que tengo mayor encaje sociocultural en España. Y, aun así, me descubro extrañando otro tipo de hogar. No tanto un país como tal, sino un entramado de vínculos, conversaciones y afectos que construí en Chile y que todavía siento como mi última “casa del alma”.

En las mañanas como “palta” y le pongo “merkén” a casi todo, no por nostalgia folclórica, sino como un gesto íntimo de continuidad conmigo misma. Para sentirme venezolana, no necesito comer arepas, eso ya forma parte de quien soy. Pero sí necesito ciertos rituales para seguir sintiendo que pertenezco a algún lugar.

Esta tensión entre libertad y pertenencia, entre nomadismo y hogar, no es solo personal. Es una de las grandes paradojas de nuestra época: ¿Cómo ser libres para movernos sin convertirnos en huérfanos de lugar?, ¿Cómo ser ciudadanos del mundo sin perder un territorio interior donde arraigarnos?

Estas preguntas no las formulo en abstracto, nacen de mi historia y de lo que estoy viviendo hoy.

Nunca habíamos sido tan libres para movernos como hoy.

Podemos vivir en un país y trabajar para otro, tener amistades repartidas por continentes, amar en distintas lenguas, construir redes que no dependen de una sola geografía. La tecnología nos permite estar presentes sin estar físicamente ahí. Somos, en cierto sentido, habitantes de un mapa ampliado, poroso y móvil.

Esta conquista es real y valiosa. La libertad de elegir dónde vivir, con quién vincularnos y cómo trabajar ha expandido nuestras posibilidades de vida de un modo que generaciones anteriores no tuvieron. La figura del “migrante” ya no es solo la del que huye por necesidad. Es también la del que elige, explora, se reinventa y prueba nuevas formas de habitar el mundo.

Y, sin embargo, hay una sombra detrás de esta movilidad.

Porque a medida que ganamos libertad para desplazarnos, empezamos a perder algo menos visible: continuidad. Continuidad de vínculos, de historias compartidas, de memorias comunes, de rutinas que nos anclan.

La pertenencia no se construye con visitas breves ni con videollamadas. Se teje con tiempo compartido, presencia cotidiana y pequeños rituales que no se pueden........

© Diario de Los Andes