Talasofilia: “El poder de flotar” | Por: Arianna Martínez Fico
En mi primera infancia crecí cerca del mar. Cuando pienso en mis vacaciones infantiles, casi todos los recuerdos tienen el mar como escenario. Después nos mudamos a una ciudad capital y, durante mucho tiempo, la playa dejó de ocupar ese lugar protagónico en mi vida.
Años más tarde tuve la fortuna de vivir durante trece años en la hermosa isla de Margarita. Allí el mar dejó de ser paisaje bonito o destino vacacional y se convirtió en presencia cotidiana. Lo veía cada mañana en toda su inmensidad desde mi ventana, caminaba y trotaba a su orilla, lo olía, lo sentía cerca. No recuerdo entonces haber pensado demasiado en lo que significaba para mí. Simplemente estaba allí, formando parte de mi vida sin que yo necesitara ser consciente de ello.
Hace casi doce años me fui de la isla y no he vuelto a vivir cerca del mar. Antes lo daba por sentado pero hoy he aprendido a reconocer cuánta falta me hace. Cada cierto tiempo mi cuerpo pide mar.
Lo busco con frecuencia en mis viajes, especialmente, cuando pienso en descanso. Este verano, primero en Abruzzo y ahora en la Sardegna, me he dado cuenta de hasta qué punto esa relación sigue viva. Puedo pasar horas dentro del agua. Como un pescado. Nado, floto, converso, observo, pienso o simplemente estoy. Puedo quedarme en la playa hasta las ocho de la noche, cuando ya todo invita a marcharse, y seguir queriendo un rato más.
Cuando veo el mar siento una atracción muy potente y lo que quiero es lanzarme dentro de él, pero he aprendido a controlar mis propios cantos de sirena. No sé prácticamente nada de astrología, pero sí sé que mi ascendente es Piscis. Quizás algo tenga que ver.
Existe una palabra para nombrar esa atracción profunda por el mar: talasofilia. Viene del griego thálassa, mar, y philía, afinidad o amor. Amor por el mar. Creo que eso es lo que siento y, aun así, hay algo más. Porque no se trata solamente de que me guste estar cerca de él, contemplarlo o pasar mis vacaciones a su orilla.
Hay algo que me pasa cuando estoy cerca del mar y, sobre todo, cuando estoy dentro.
Presencia en todos los sentidos
Estar dentro del mar es una experiencia difícil de comparar con cualquier otra. No solo lo miro, estoy dentro de aquello que miro. El horizonte se extiende hasta donde alcanza mi visión y cambia de color con la luz, escucho el movimiento constante de las olas y, cuando sumerjo la cabeza, el sonido del mundo cambia por completo. Siento la temperatura del agua sobre la piel, el sabor del agua salada en mi boca, ese olor inconfundible que anuncia el mar incluso antes de verlo.
El cuerpo también se comporta de otra manera. Pesa menos, sostenido por la flotabilidad del agua. Se mueve distinto, busca equilibrio, acompaña el movimiento del mar, ajusta casi sin pensarlo la respiración y la postura. A veces nado; otras, simplemente me dejo sostener.
Cuando estoy en el mar, siento que cinco sentidos se me quedan cortos. A los que tradicionalmente reconocemos -vista, oído, olfato, gusto y tacto- se suman otras formas de percibirnos que no solemos nombrar. La propiocepción, que nos permite sentir la posición y el movimiento de nuestro cuerpo, y la interocepción, esa capacidad de registrar lo que sucede dentro de nosotros: la respiración, los latidos, la tensión, la calma.
En el mar, todo parece ocurrir al mismo tiempo. Miro, escucho, huelo, saboreo, siento. Percibo mi cuerpo por fuera y también por dentro. Es una experiencia de presencia en todos los sentidos.
Eso es parte de lo que tanto me atrae. Vivimos buena parte de nuestros días hiperdesconectados, como diría Marta Romo, con la atención fragmentada: estamos en una conversación mientras pensamos en otra cosa, participamos en una reunión mientras miramos un mensaje, caminamos mientras respondemos el teléfono, escuchamos mientras pensamos en lo siguiente que vamos a decir. Estamos en muchos lugares y, a veces, completamente en ninguno.
El mar produce en mí el efecto contrario. Reúne mi atención. Me devuelve al cuerpo, al lugar y al instante que estoy........
