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La guerra y la paz también se juegan en la empresa | Por: Arianna Martínez Fico

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10.04.2026

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Arianna Martínez Fico

Por años creí que el mundo que soñaba se construía desde lo público. Es la razón por la que mi primera vida profesional estuvo profundamente vinculada a la política y a lo social. Había en mí una convicción genuina que ese era el ámbito desde donde podía contribuir a transformar la realidad.

Hasta que algo cambió.

A comienzos de los años 2000 tomé una decisión que, en su momento, no terminaba de entender: salir de ese escenario y comenzar a aportar valor desde otro lugar.

Elegí la empresa. No como lugar de tránsito, sino como territorio de posibilidad.

Con el tiempo, entendí algo que hoy me resulta evidente: las empresas no son solo entornos de trabajo. Son espacios de convivencia.

Laboratorios donde todos los días ensayamos la forma en que aprendemos a relacionarnos. Es decir, verdaderas comunidades.

Y quizá por eso, cada vez me hace más sentido pensar que el mundo que queremos construir también se juega ahí.

Guerra o paz: lo que realmente ocurre dentro de las organizaciones

Las empresas no son espacios neutros. En ellas se configuran dinámicas humanas profundas. Y, aunque no sea obvio, en su interior conviven dos formas muy distintas de relacionarnos.

Por un lado, patrones que podríamos reconocer como formas de guerra. Aparecen en el control excesivo, en el miedo como mecanismo de gestión, en la desconfianza, en la competencia que fragmenta, en la presión que deshumaniza, en conversaciones que buscan imponer más que comprender. Son espacios donde las personas aprenden a protegerse, a callar, a adaptarse para sobrevivir.

Por otro lado, existen organizaciones donde se cultivan formas de paz. No una ingenua o complaciente, sino una paz activa, que se forja en la dignidad, en el respeto, en la posibilidad de disentir sin ser castigado, en la conversación honesta, en el cuidado mutuo y en la responsabilidad compartida. Espacios donde es posible decir lo difícil sin miedo, donde la exigencia convive con el respeto, donde las personas pueden desplegarse sin dejar de ser quienes son.

Estas dinámicas no dependen de grandes declaraciones. Se juegan en lo cotidiano. En cada conversación, decisión, interacción. Lo más interesante y desafiante para mí, es que no son excluyentes. En una misma organización -incluso en un mismo equipo- pueden coexistir ambas. Se trata entonces de una elección permanente.

La........

© Diario de Los Andes