Welcome, míster Trump
Creado: 10.03.2026 | 06:00
Actualizado: 10.03.2026 | 06:00
La idea del liderazgo es algo que repugna a los fieles de esa izquierda cuya retahila de igualitarismos sin cuento les lleva a renegar de los principios más elementales —no digo de la sociologia, sino de la misma biología—. La preeminencia de un sujeto para dirigir una comunidad, sea bandada de patos, rebaño de cabras o jauría de hienas, es básico en la ordenación del mundo que conocemos. El pato, la cabra o la hiena alfa determinan los rumbos, los espacios, los tiempos del colectivo. Contra estas leyes primarias de la natura misma toda noción intelectual de comunidades acéfalas (sin líderes) son puros barbarismos en la jerga biológica.
Por eso, los que no comulgamos con la santa feligresía del Zurdo-Vaticano (ya lo hicimos de sobra en la mocedad) nos sentimos muy dichosos de compartir la emergencia de un líder en el que confiar nuestra seguridad, nuestras libertades y nuestras prosperidades de insignificantes miembros de la grey social. Porque las sociedades por desgracia no siempre saben elegir a los dirigentes más aptos para dirigir al común. A veces las leyes de la herencia, (en las realezas de antaño) a veces, las deformidades de los parlamentos, no permiten esa buenaventura. Y sí, lo vamos a pregonar sin ambages, por mucho que los santones de la iglesia socioevangélica nos lapiden con sus anatemas. Damos la bienvenida con alborozo a nuestro líder; no al de la parroquia local, no; al de la parroquia grande: el mundo occidental del que formamos parte, «manque pierda». El líder que tendrá que defendernos de la marea «de hoz y martillo en bandera» que emerge al otro lado del Planeta, según ya prefiguró, clarividente, el señor Huxley en su «mundo feliz». El antitrumpismo se ha convertido en pendón de enganche de todas las sectas de la izquierda. Los presbíteros de la congregación zurdesca, desde sus púlpitos catódicos, no dejan de bramar contra el gran
Cabrón. Lo mismo que los párrocos de antaño asustaban a las piadosas feligresías del «ancien regime» contra la sulfúrica criatura de cuernos caprunos. Lo mismo que los antiguos párrocos se enfurecían y clamaban contra el corso que nos invitaba a gozar de la ilustración y los derechos del hombre. Los fieles de esta izquierda de ahora, como los cristianos viejos de la España inquisitorial, se sienten «los únicos limpios de sangre herética». Es decir, los propietarios incuestionables de la virtudes teologales de la iglesia socialitana: demócratas, progresivos, solidarios e igualitarios. El señor Trump, con sus «pucheritos» pueriles, sus irreverencias adolescentes, su lengua deslenguada y su percha aventajada, es el genuino heraldo de la cultura occidental. Esa que, anclada en los valores de hebreos, griegos, romanos y europeos, ha transmitido al mundo la libertad de pensar, de agruparse y de vivir; el progreso, la abundancia y la igualdad. Se mofan los arciprestes de la zurdosecta de sus suspiros por colgarse la medalla del Nóbel de la Paz, pero le sobran más que méritos para hacerlo. Nos hizo el regalo de Reyes más precioso, al consumar el rapto, en el búnker de su palacio, de un dictador sanguinario que decretaba confiscaciones arbitrarias, matanzas estudiantiles y torturas abominables. Ha acabado estos días con el criminal cancerbero de la república chiíta que lapida adulteras, sepulta gays, ametralla manifestantes. Y promete asaltar la finca privada del linaje Castro, que prometió flores primaverales y ha sembrado el paraíso de zombíes harapientos. No me atrevo a juzgar su mediación en los problemas en Palestina, ni en Ucrania , porque eso merece una atención que estas pobres líneas no pueden abarcar. Ni quiero juzgar la bronca actuación del ICE contra la inmigración ilegal que también escapa a mi modesto periscopio. Pero sí, aludir al brillante impulso que está dando la economía doméstica y de paso a la de todo el planeta, por mucho que el alboroto de los aranceles parece indicar lo contrario. Y, por supuesto, a su decidido empeño de librar de deleznables narcos a su conciudadanos. Lo que que convierte al señor Trump en el líder natural que nos hace falta es la claridad de palabra con que describe sus propuestas y la firmeza con que las ejecuta. Y por otros rasgos, de menor enjundia, quizás solo simbólicos. pero no menos relevantes: Esa grandeza versallesca con que logra envolver sus intervenciones públicas, el gracejo de sus comunes «pucheros» de niñote disgustado, las anchas hombreras de sus chaquetas y, cómo no, la rutilante figura a la que estrecha cauteloso la mano, muestran lo que cabalmente se espera de un alfa protector. Como todos los grandes que en mundo han sido, aúna la grandeza y a la vez la campechanía y, por supuesto, la autoconfianza y hasta el narcisismo de Octavio Julio, de Henry Tudor, de Friedrich Hohenzollern o de Pietr Romanov, por recordar algunos. Así que, como en la memorable película del maestro Berlanga, proclamemos gozosos;
Welcome, Mister Trump. El hombre que ha decidido que el mundo es su escenario y que él es el protagonista de la comedia. Porque tiene la soberbia de los que se creen bendecidos por la fortuna y la astucia de los que saben negociar con galeotes.
