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La locura americana

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18.04.2026

Creado: 18.04.2026 | 06:00

Actualizado: 18.04.2026 | 06:00

La situación en Oriente próximo continúa bloqueada, y los europeos nos tememos lo peor, porque la espiral de guerra no parece encontrar ningún punto de conclusión.

Sin embargo, son muchos los hilos que se nos escapan para poder comprender verdaderamente la política y la cultura de un pueblo americano, tan adicto como necesitado de religión, violencia y confrontación bélica, en su seno. Dicho de otro modo: la sociedad americana, como la Roma antigua, ha hecho de la violencia y de la religión una forma de consumo y de espectáculo. Hace tiempo, en el libro

El infierno de los malditos, aproveché la ocasión para plantear cierta similitud entre el progresivo desarrollo del Imperio romano y la decadencia de los valores griegos, en la Antigüedad, con la tensa situación entre los Estados Unidos de América y Europa, en nuestra época. Porque llevamos más de un siglo de consolidación y desarrollo del Imperio americano frente a la vieja cultura europea de las ideas. Una cultura, por otra parte, francamente caduca como recelosa del empuje económico y militar de los americanos, pero diezmada por problemas de todo tipo, que ella misma por sí sola, no es capaz de solventar. Recordemos, además que, sin la presencia de los americanos en las dos últimas guerras mundiales, difícilmente Europa hubiera podido vencer y sostener más tarde su crecimiento económico, así como un espíritu político, basado en ideales democráticos que, precisamente, ahora comienza a tambalearse a partir de los vaivenes autoritarios de la política americana. Y mientras Europa se recomponía a duras penas de la mano de los americanos, estos iban desarrollando un modelo de vida, basado en el ocio y el consumo generalizado, que iría rompiendo el tradicional sistema de valores y pensamiento de los europeos, y mucho más el de los españoles, por nuestra particular historia. Todavía recuerdo la expectación suscitada con la llegada en los años setenta de la pomposa «contracultura» americana, o el acopio de lemas y programas antiamericanos, ofrecidos por grupos de inspiración estalinista, trotskista, maoísta o anarquista («Otan no, bases fuera»), durante una transición que se fue pactando en diferentes salones. Al final, ya sabemos cómo acabó toda esa historia. Los modelos más «revolucionarios» fueran reabsorbidos rápidamente en el magma de la historia de las ideas, mientras la versión cruda del capitalismo, la tecnología y los objetos de consumo americanos, incluidas las drogas, iban generando un «sálvense quien pueda» entre la población, o la progresiva «debilidad mental» a través de la fascinación de imágenes que irían capturando las adictas mentes de Occidente. Es cierto, Europa ha sido reabsorbida por completo en la cultura del ocio y el consumo «loco» americanos, hasta eliminar de su espíritu cualquier aroma de pensamiento propio u original; del mismo modo que la cultura griega claudicaría finalmente ante el empuje belicoso, pragmático y mundano de Roma. Sin embargo, es un hecho: America está rota socialmente ahora y en franca decadencia. Es más: lleva tiempo en caída libre, a pesar de las pompas de jabón que lanzan infinidad de medios de comunicación de su órbita, porque las guerras que crea son un antídoto, a modo de argamasa, frente a la descomposición colectiva. Pero también luminosas insignias de poder y fuentes de incentivación y de ganancia para algunos. Ahora bien, en un mundo europeo en franca confusión e inundado por multitud de conflictos de todo tipo (económico, político, social...), en el que se encuentra además mermado, la lucidez de un pensamiento genuino, ¿qué se puede hacer? Desde luego que virar hacia China o Rusia no parece ser una buena elección, porque ninguno de estos países mira con buenos ojos los valores ancestrales de nuestro continente, y están deseando capturar el sueño europeo para sus propios fines. Y, tampoco me parece una buena actitud, confrontarse directamente con el amo que ha permitido hasta ahora cierta supervivencia militar, a pesar de la similitud entre el «amigo americano» y la figura despótica y caprichosa del emperador Nerón, en la decadente Roma. Por eso echo en falta, en la política europea y española, personajes con astucia «maquiavélica» capaces de guardar silencio en las ocasiones complejas, como de sostener un semblante que favorezca la conversación, no la discusión. Y todo ello con un talante para afrontar los momentos más difíciles, bajo la guía de una prudencia tan citada como olvidada por nuestro Baltasar Gracián. En fin... Tal vez la población, en general, esté más preocupada por otras cosas, y quizá tengan razón, porque es poco o nada lo que podemos hacer. Probablemente tan solo hablar, meditar, aguardar... Sin embargo, cierren ahora por un momento los ojos y permitan que la imaginación cabalgue sin ningún tipo de freno por el escenario de su mente. Si el texto no ha podido suscitar ninguna escena de horror futuro, están ustedes a salvo de cualquier episodio de angustia; al menos, por el momento. Pero si la imaginación les ha confrontado con un horizonte, que les ha hecho sentir, que no hay solución, mientras una brisa de temor les ha erizado la piel, entonces, pueden estar ustedes bien seguros de que no son un robot.


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