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El futuro de León

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10.03.2026

Creado: 10.03.2026 | 06:00

Actualizado: 10.03.2026 | 06:00

Ahora que se cumplen los 120 años de El Diario de León, en medio de este convulso 2026 que sigue a un convulso 2025 y éste a otros años convulsos, en lo que se apunta como un final de un ciclo secular, es obligado preguntarse: ¿cuál es el futuro que le espera a nuestra provincia? Para lo cual sería obligado primero mirar cuál es su presente y cuáles son las tendencias actuales, y después plantearse qué es lo que queremos, partiendo de donde estamos partiendo.

Y es curioso que me plantee yo esta pregunta, siendo uno más de la diáspora leonesa. O quizá por ello tenga una mejor perspectiva, por la ganancia de campo de visión que da la distancia y también porque si algo representa bien lo que le ha pasado a León en estas últimas décadas es precisamente esa diáspora de la que yo formo parte. Si estudiabas o tenías inquietudes o expectativas, del tipo que fuera, la salida natural era por la puerta. Así nos fuimos tantos, y ahora nuestros hijos (y un poco nosotros mismos) son catalanes, madrileños, vascos, andaluces o de cualquier otro sitio, a pesar que de León siempre se es un poco durante varias generaciones, porque de algún modo aquí siempre se ha remado tierra adentro y nunca te la sacas del todo, siempre vuelves a ella para completarte.

Pero por más que pueda la añoranza del pasado y la nostalgia de lo que no pudo ser ni será, no me corresponde a mí este análisis sociológico, sino más bien de aquello que yo conozco mejor, que es la sostenibilidad tanto ambiental como de recursos naturales.

León ha sido tierra de extracción desde el comienzo de la tardía revolución industrial española. De León se llegó a extraer el 40% del carbón nacional, pero el mayor valor añadido del carbón no se quedó aquí, sino que se fue a altos hornos y otras industrias en la cornisa cantábrica, más cerca del mar y por tanto más favorables a la exportación. Después, llegaron los pantanos hidroeléctricos, que llegan a su apogeo en la época del dictador Francisco Franco. Tampoco el fruto de esa electricidad sirvió para desarrollar industrialmente esta provincia, sino que fue rápidamente y limpiamente trasportada en cables de alta tensión hacia los «Polos de Desarrollo Industrial», que nunca estuvieron aquí. Después de eso, siguió la última extracción, la de la gente.

Pero ahí no se acabó la historia. Ahora vivimos una época álgida de una nueva extracción, la que ha favorecido el despliegue masivo y anárquico de la Renovable Eléctrica Industrial (REI). Con ella hemos visto llegar a León grandes parques eólicos y fotovoltaicos. Como siempre, acompañados de promesas de riqueza, industrialización y trabajo, que como siempre no se materializaron. Nos prometieron coches eléctricos, gigafactorías, hidrógeno verde, industria sostenible 2.0 y todo lo demás. Todo humo. Humo que ya se está disipando, aunque se intenta disimular mientras los que tienen que cobrar recogen sus últimos cuartos. Nadie lo dice, pero el goteo de noticias de proyectos abandonados y subvenciones devueltas o directamente perdidas certifican que el REI ha muerto.

Ahora que el petróleo escasea y que el imperio americano se lanza sin pudor a controlar las últimas grandes reservas, la opción que la UE contempla para España y particularmente para León no es, pues nunca lo ha sido, una de progreso y desarrollo, aunque con todo el descaro se pretenda que es así. Lo que nos ofrecen, o más bien nos pretenden imponer, son las plantas de biogás, a dónde se llevará residuos orgánicos de todo tipo y origen para que literalmente se pudran y produzcan el valioso metano, el gas natural, que rápidamente se llevarán para que otro lo aproveche. Atrás (es decir, aquí) quedarán los olores, los residuos, la contaminación, las carreteras destrozadas por el paso incesante de camiones y la subvención que tendrá que mantener esto, porque la producción en macroplantas de biogás nunca ha sido, ni será, rentable. Y agazapada detrás del biogás, viene la amenaza de la biomasa, de nuevo ofrecida como verde y renovable cuando no lo es, otra fuente de energía no rentable que promete acabar con nuestros bosques y dejar León convertido en un erial contaminado y tóxico, vacío ya de toda la vida, de donde ya no se podrá extraer más.

¿Debemos resignarnos a esto? ¿Es éste el único futuro posible para León? Radicalmente no. Por su ubicación, León será en los próximos años un refugio climático, a donde no llegarán con fuerza los huracanes o las ciclogénesis explosivas que cada día se acercan más por el Atlántico. Si cuidamos y mantenemos nuestros bosques no faltará agua pero tampoco nos anegaremos, y las temperaturas no serán tan extremas. Siempre que cuidemos nuestros bosques, nuestro mayor valor natural. En un siglo convulso donde faltará de todo, León puede y debe dar de todo, de alimentos a materiales, de energía a agua. Todo lo tenemos aquí. Solo nos falta tener fe en nosotros mismos. Y saber decir que no cuando conviene. Salvemos la vida, salvemos el futuro de León. Salvémonos.


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