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Aroma a tierra mojada

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Creado: 20.04.2026 | 11:31

Actualizado: 20.04.2026 | 11:31

Hay quien piensa que la lengua, esa patria común que une a tantos seres humanos, no tiene el aliciente del cambio, de la puesta al día, de la riqueza que precisa el detalle que dibuja las situaciones más inverosímiles… Nada más lejos de la realidad. Hasta puede convertirse en juego activo y original. Leí recientemente un magnífico libro de Mayela Paramio Vidal, Relatos en diáspora, uno de los cuales se titula «Abecedrario: la invención de palabras de modo alfabético». Una de las propuestas —téngase en cuenta la condición de profesora de Paramio Vidal—, elegida sin intención: «Alumnzoso. Dícese del alumno que retira o baja la mirada como acto reflejo a la pregunta de si hay algún voluntario».

El juego puede crear, más si tiene algún fundamento, palabras divertidas, sabrosas y originales. Hoy se atiende, con responsabilidad colectiva, algunas otras que parecían estar agazapadas. La propia historia del relato del momento, sus circunstancias, la realidad impuesta por la necesidad de designar pone en el primer plano del uso términos existentes, a veces en desuso, desde luego poco usados, cuando no desconocidos en parte por el común. La palabra española del pasado año, por ejemplo, fue arancel, elegida por la Fundación del Español Urgente (FundéuRAE): el término se popularizó por las políticas comerciales de EEUU, como todos saben. La palabra anual sucedía a dana (2024) y polarización (2023). Otro grupo de vocablos, que estuvo en el bloque de posible elección, acercó a buena parte de la población a su conocimiento y, por tanto, a su incorporación como uso frecuente, posible. Una forma de enriquecer la lengua.

Se enriquece igualmente en reuniones y encuentros reposados de amigos que de vez en cuando quedan para tomar unos vinos o unas cervezas, más cercanas al 0,0 a medida que pasa el tiempo. Bueno, a tomar algo, por verse y contarse. Cuatro parejas casi habitualmente, también en este caso prenavideño, aunque no haya regularidad temporal. Hablamos de lo divino y lo humano durante casi cuatro horas. Y casi como siempre, también el recurso a las palabras perdidas de la infancia, tan dispares en el grupo. Una habló de hozar, de fácil origen, que se refiere, por cierta similitud lejana, al que siempre se está moviendo, haciendo algo. Un poco lo contrario de quien no se cosca, no se preocupa de nada, a nada atiende, pasa de todo.

Al margen de las reseñadas hubo en esta ocasión tres palabras que nunca había ni siquiera oído y me parecieron especialmente hermosas: aréngulas, libardón y petricor (humuria). La primera, situada en el conocimiento infantil de quien la propuso en las latitudes del Órbigo, viene a significar lío, tontería («No me andes con aréngulas»), mientras que libardón viene a ser sinónimo de chuleta, chulo.

Petricor tiene más duende, mayor carga etimológica. O más conocida, según el amigo que la explicó. Se trata del olor que se produce al caer la lluvia en los suelos secos, conocido como «aroma a tierra mojada» u «olor a lluvia». Viene de petros (piedra) e ikhor (sangre de los dioses homéricos). En la mitología griega se dice que el ikhor es la esencia que corre por las venas de los dioses en lugar de sangre. Nada de extraño tiene que este olor haya calado en muchas infancias y permanezca en el recuerdo vivo. Kallifatides, ese magnífico escritor sueco de origen griego, dijo que nada más hermoso que el olor a tierra después de la lluvia en la patria de la infancia.


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