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Begoña y sus prostíbulos

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22 de abril 2026 - 03:07

Hay palabras tan ambiciosas que asustan. Con Internet íbamos a democratizar el conocimiento y con las redes sociales íbamos a lograr esa ingenua utopía de la inteligencia colectiva. De las nuevas dinámicas de participación horizontal a la equidad real del ascensor social. Y uno de los escaparates más visibles de todo ello, de síntesis y de hibridación, era la Wikipedia.

Nació como un sueño casi artesanal: una enciclopedia libre, escrita por voluntarios, donde el saber dejaba de estar custodiado por élites académicas para convertirse en un bien común en permanente construcción. La promesa era poderosa: conocimiento vivo y colectivo; imperfecto pero compartido. Hoy, esa plaza pública digital se ha convertido también en un espejo deformado de nuestras propias desigualdades.

Hace décadas había periódicos que advertían a sus lectores que “nada existía” si ellos no lo publicaban; hoy podríamos pensar que “nada somos” si no tenemos una entrada en la Wikipedia. Me corrijo: una buena entrada. Y justo ahí está el problema. Porque la neutralidad no existe. No hay tecnología inocente. No son ceros y unos asépticos ni algoritmos que flotan en el vacío: son sistemas diseñados, entrenados y editados por personas atravesadas por ideología, cultura y poder.

La periodista Selva Vargas recupera la idea del “cuarto propio” de Virginia Woolf en un reportaje en el que explica cómo un grupo de editoras se ha propuesto democratizar la Wikipedia. Menos del 20% de las biografías son de mujeres y, en la mayoría de los casos, relegadas a madres y esposas. ¿Seguimos dejando que la historia, también la digital, la cuenten “ellos”?

El caso de Begoña Gómez es relevador. Sin entrar en el recorrido judicial (no ocultaré que sigo sorprendida por los 24 años que acaba de pedir la acusación particular), su perfil incluye frases como ésta: “Durante su juventud, colaboraría en la gestión de los prostíbulos de su padre”. ¿Lo ha escrito Hazte Oír?

Wikipedia celebra sus 25 años en un momento especialmente crítico. No es lo que se nos prometió y son otras cajas negras (las de la IA de ChatGPT y compañía) las que empiezan a ejercer de relatoras. Si no vigilamos, el problema ya no será solo quién escribe la historia, sino quién programa su versión. Y entonces la utopía dejará de ser un horizonte fallido para degenerar, directamente, en una distopía bien documentada.

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