Tarta de la abuela
26 de abril 2026 - 03:10
Nuestra sociedad es por definición elástica, maleable, tornadiza. Por definición y por fortuna. Nos movemos, aunque no siempre en la dirección correcta. Los cambios sociales son una suerte de metamorfosis, constante pero no inmediata, un proceso que vamos asimilando y que al tiempo cristaliza ante nuestra mirada a veces cómplice y otras incrédula y descolgada. Ocurre con las relaciones personales, las comunicaciones, las formas de ocio, el mercado laboral, los modelos de familia, la tecnología… Llegados a este punto, uno de los comportamientos sociales donde más transformación se puede observar en estos últimos años son las celebraciones que antes llamábamos familiares. Ya nadie invita a casa a los primitos y los compis de la clase para vaciar unos litros de Fanta de naranja en vasos de plástico, repartir dos docenas de sándwiches y medias noches y soplar las velas de la tarta en medio de una salita llena de globos. Ahora los cumpleaños por lo general son en miniparques de atracciones, multicines, centros comerciales y piscinas con toboganes. Al niño le dan medio sándwich blandengue o una porción tiesa de pizza, un refresco tibio y un cacho de tarta de la abuela (no se sabe de cuál), pero al menos no tienes a ese pequeño comando Vizcaya corriendo por el pasillo y saltando en los sofás.
Los cumpleaños ya no siempre son un encuentro familiar, y los bautizos -muchos de ellos con barra libre- casi que tampoco. Pero nada que ver con la opulencia, el boato, el brilli-brilli del siguiente escalón, las primeras comuniones, que ya se nos han ido de las manos. Se han visto coches de caballos recogiendo a princesas y marineritos al salir de la iglesia. Por ejemplo.
Ahora mismo la foto es la siguiente: los cumpleaños parecen comuniones, las comuniones son las nuevas bodas y las bodas son como una convención de los demócratas de Arkansas o un concierto de la última gira de Beyoncé. Hay quien dirá “oiga, Benítez, cada uno hace con su dinero lo que le venga en gana”. Es verdad. Con su dinero o con el del préstamo del banco. No olvidemos que el coste medio de una comunión en nuestro país alcanza este año los 6.800 euros, según el último estudio de la Asociación de Consumidores de España. Viva la alegría, celebremos la vida, sin reparar en gastos. Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que todo era más sencillo, celebraciones familiares, cuando la tarta realmente era de la abuela. De la tuya, de la mía. Y, por cierto, sabía mejor.
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