El cuerpo de Cristo
31 de marzo 2026 - 03:07
No, no me he levantado católica, ni estoy confundiendo la sección de opinión de su diario con la hoja parroquial, aunque hoy, Martes Santo, venga a hablarles del cuerpo de Cristo. No del cuerpo místico (ese oxímoron), ni del cuerpo glorioso (esa hipérbole jacarandosa): de las carnes extenuadas, representadas en madera, de esos cristos menuditos que encontramos por las calles en estos días. La otra tarde me topé con uno, una de esas tallas de la escuela andaluza –en concreto de Martínez Montañés– en la que lo sanguinolento y gigante cede a la majestad de lo canijo. De lejos, recortado entre los plataneros de la Magdalena, los bracillos ni se le distinguían, de esmirriados, y el torso parecía sostenerse de milagro. Así fue pasando ante mi vista. Sobre la imagen, sin querer, fui superponiendo imágenes de cuerpos concretos: los tocinos –lo llama él– que lo encarcelan y las piernas que le fallan, la cicatriz en la mejilla que ella oculta bajo un mechón, un pecho sin un pecho, y mis propias manos, cuando las miro tocarse una a otra como para darse ánimos. Y vi la cara de una dolorosa clavadita a Noelia, que –hágase por fin su voluntad– en gloria está. No diré qué más vi porque es duro y ustedes también lo ven en sus pantallas. Toda la carne corrompida, ajada, enferma, masacrada. La herida del cuerpo, eso vi. “Un día no puedes correr, ni caminar, ni inclinarte, ni agacharte, ni levantarte, ni estirarte, ni encorvarte, ni darte la vuelta de un lado, ni del otro, ni hacia delante, ni hacia atrás, ni por la mañana, ni por la noche, ni nada de nada. Solo puedes conformarte, una y otra vez”, leo a Delphine de Vigan en Las gratitudes.
Hay quien romantiza (que es menos honesto que sentir asco) estas cosas, siempre que les pase a otro –esos que confunden empatía con lastimita, o te dicen que cargues con tu cruz pero se mueren si les sale en la frente un barrillo–, a la vez que no pueden mirarlas de frente en su propio cuerpo o en los cuerpos (fantaseados) del deseo. Un pavor a lo Leni Riefenstahl les avoca a exigir y exigirse control físico, a desamar lo débil y leve, justo donde necesitamos ser amados. Ni idea de qué ven los que alzan con un fornido brazo y voz en grito, al son militar, al cristo. Yo veo a un hombre desnudo. Torturado y desnudo. No se me ocurre itinerario más real y radical de lo humano y lo divino.
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