Guardianes de la historia entre Ibiza y el Líbano
Cuando Garí asumió que la historia acababa aquí, decidió que el imprevisto sería, al menos, en casa, lejos del frío hospital: ver una puesta de sol y comer un bullit de peix con los amigos en los que había formado su familia. Y aunque, en el contexto, tampoco era tanto pedir, la vida —o mejor dicho, la muerte— tenía otros planes, y todo lo que pudieron hacer fue girar la cama articulada para que, en lugar de a la nada en la pared, mirara a Dalt Vila, allá a lo lejos. Tras la fila continua de coches que, impasibles, continuaban yendo al trabajo, a dejar a los niños en el colegio, al supermercado.
Pero Dalt Vila, allá a lo lejos, miraba a Garí con gratitud. De algún modo, no había piedra en Ibiza que no estuviera en deuda con el arqueólogo. Peleó con uñas y dientes —y pico y pala— para que las historias enterradas no se perdieran entre las excavadoras de la desidia y la especulación.
Y era un amor correspondido: a la historia, a las piedras, a la tierra y a la isla. Lo llevaba grabado consigo con más tinta que cualquier tatuaje: en su nombre. Cuando reemplazó el José María binomio de sus padres por Josep Maria. Quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde elegimos ir. Como se decía en la película ‘La excavación’: “Tu trabajo no es sobre el pasado ni el presente, sino sobre el futuro, para........
