Señores de las obras de Ignasi Wallis, gracias
No malpiensen al ver el título de esta columna, pero es que tengo algo que decirles a dos trabajadores que el viernes estaban en las obras de reasfaltado de Ignasi Wallis. Sí, las mismas que desde el lunes llevan de cabeza a cualquiera que haya tenido que circular por el centro de la ciudad. Hasta media hora parados en Isidor Macabich estuvieron algunos el jueves por el monumental atasco ocasionado por los cortes de tráfico.
Pero este artículo no va de eso. El viernes a mediodía, como casi todos los viernes, tenía que recoger a mi abuela, de 97 años, para ir a comer. Vive en la zona de Juan XXIII (sí, sé que se llama Sa Real, pero para los de la generación X siempre será Juan XXIII) y afronté la entrada en Vila temiéndome lo peor. Y lo peor era lo peor. El cruce de la casa de mi abuela era la zona cero de los trabajos de reasfaltado. Máquinas, operarios, el tráfico redirigido, el aparcamiento junto al pabellón deportivo cerrado, la imposibilidad de girar hacia la gasolinera para recogerla en su esquinita, donde la vi que estaba ya esperando con su bastón... Me entraron unos sudores fríos... Y un agobio... ¿Cómo la recojo? ¿Dónde paro tres minutos (bueno, alguno más, que va a velocidad de abuela) para ir a buscarla?
Desesperada, con las pocas neuronas que me quedan trabajando a velocidad de vértigo, opté por parar de mala manera a un ladito de la calle, aprovechando la entrada al aparcamiento cerrado. Justo en el momento en el que salía del coche oí que me gritaban. Uno de los trabajadores me hacía señas y trataba de hacerse oír por encima del jaleo de las máquinas: «¿Vienes a buscar a una señora?». Y vi el cielo abierto. Me dejaron girar hacia el cruce, entrar un poquito y entre él y un compañero acompañaron a mi abuela, con la que iban hablando animadamente, hasta el coche. Le abrieron la puerta, la ayudaron a subirse, se despidieron y me indicaron cómo salir. Sé que puede parecer una tontería, algo menor, pero no lo es. La vida ya es suficientemente complicada, el día a día no suele ser color de rosa, y esos pequeños gestos (la amabilidad, la humanidad), ayudar en vez de ignorar, facilitar en vez de seguir a lo mío, suponen mucho. Señores de las obras de Ignasi Wallis, gracias.
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