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La maldad

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30.03.2026

No sé de qué escribir. En Ibiza, la lluvia ha frustrado la salida de la procesión de la Borriquita y, en Jerusalén, Israel ha impedido la entrada del máximo representante de la Iglesia católica en el Santo Sepulcro para la misa del Domingo de Ramos. Recuerdo la impresión que me produjo hace años la visión de los soldados armados dentro del templo. Ocupación y desprecio.

En Gaza, la pianista Ilham Farah, de 84 años, que tocaba para los fieles en la Iglesia Bautista, tuvo dos muertes: tiroteada por un francotirador, murió desangrada a los tres días y su cuerpo fue atropellado por un tanque israelí. ¿La ayuda? También asesinada de camino, como con Hind Rajab, la niña que rogaba que la salvaran y cuya voz te pone el corazón en un puño. Testimonio de un genocidio que no ha cesado en Gaza y que hoy se extiende al Líbano, y de la crueldad de unos criminales que han excavado hasta los cementerios para robar a los supervivientes incluso el consuelo de llorar a sus muertos.

Miro el precio de los carburantes y pienso que quizás tendría que comprar velas. Y me siento egoísta porque tengo en la retina la imagen de Fátima, la periodista asesinada, junto con su hermano, cámara, y otro reportero, en un nuevo crimen de guerra «selectivo» de Israel. ¿Cuántos colegas van ya? ¿Doscientos cincuenta? ¿Trescientos? De lo mejor que ha dado este oficio. Seis paramédicos que acudían al rescate de las víctimas fueron asesinados el mismo día.

Quiero arrancarme de la cabeza las imágenes de las mochilas de las escolares iraníes, de los críos amputados, de los abrasados en Gaza, de los ancianos apaleados por turbas de colonos que queman olivos y ganado en Cisjordania, de los cuerpos esqueléticos, del bebé mordido por ratas en su miserable tienda de campaña, entre basura y escombros. Del «hemos matado a unos perros». Pero no puedo. Y todo eso me ha convencido de que ningún Estado que «necesita» asesinar a miles de niños merece existir.

En Ibiza, todo esto nos pilla lejos, salvo por la cartera. Contaremos los céntimos y alguno hasta se frotará las manos por los turistas que vendrán desviados a la isla. Qué más da. Qué nos importa. Aún no somos nosotros.

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