Moho
Sin fantasías de ningún tipo, solo ciñéndome a la mera realidad −apenas durante un manojo de líneas, que me conozco−, casi bostezando repetiré lo que dicen los libros: que el moho es un hongo filamentoso que hallamos tanto al aire libre como en interiores y que se reproduce mediante esporas microscópicas aéreas.
Asimismo, prosiguen aquellos, se multiplica desaforadamente en ambientes con alta humedad y poca ventilación. O sea, en mi casa de Ibiza cuando me ausento de ella en invierno. No existe lugar más idóneo para su reproducción. Situada en lo alto de una montaña, enfrente de la umbrosa costa norte, puedo asegurar que es difícil hallar otro rincón tan húmedo en toda la isla. Así que podría pensarse que el moho vino por primera vez a este mundo entre sus cuatro paredes. Fue su portal de Belén, por así expresarlo. Sus Reyes Magos adoradores fueron una tímida sargantana, un simpático dragonet y una araña del montón, visitantes habituales de mi hogar ibicenco.
No fue sino en mi casa donde se pronunció lo de «creced y multiplicaos» por primera vez; no se vayan a equivocar ustedes de lugar. En concreto, en la escalera interior, donde el eco da un tono más grave, de imponente dios barítono. Y el mensaje no iba dirigido a la especie humana precisamente, sino a estos hongos de los infiernos que componen la aberrante cosa del moho.
¿Que por qué ha recaído sobre mí esta abominación? Es simple: hace años los dioses tuvieron a bien obsequiarme con esta casa que, aunque muy modosita en cuanto a tamaño y materiales, ofrece unas inmejorables vistas panorámicas. Vamos, como que se me están poniendo ojos de halcón. Pero tanto ha sido mi gozo por el don recibido y tantas mis danzas y alharacas para expresar mi gran alegría −lo mismo que el rey David dando saltos de júbilo con sus mejores galas en no sé qué pasaje de la Biblia−, que alguien se enojó por mi pecado de hybris (desmesura) en el Olimpo y me mandó a Némesis (diosa griega de la venganza, la justicia retributiva y el equilibrio) en forma de moho, su versión más horrenda y despiadada. Esta es la maldición con la que tengo que cargar.
En vísperas de irme de la isla en otoño cada año, sé que empieza a concentrarse ya toda una nebulosa de esas terribles esporas microscópicas sobre mi indefensa casa, esperando a que la abandone de una puñetera vez. Es más, apenas ando saliendo por la puerta, maleta en mano, y están ellas ya presurosas colándose por las rendijas. Aún no se ha enfriado el calor de mi cuerpo en el sofá y la cama, y ya están tomando posiciones descaradamente en paredes y objetos. Y si no, rifándose mi ropa del armario.
Cuando de nuevo retorno a la casa en primavera, contemplo desolado que la maldición ha vuelto a cumplirse, inexorable, puntual cada año, Némesis jamás abandona una misión. El panorama resulta deprimente al entrar. Abro la puerta y repta a mi encuentro la vivienda entera, moribunda, balbuciente −apenas pronuncia mi nombre−, asmática por la humedad, consumida hasta los huesos de un moho que rebosa por tabiques, muros y techos como una yedra mortecina por donde trepan las sombras de los innombrables espectros de la noche sin luna, aquí en las mistéricas cumbres del norte de la isla.
El moho, sí, un melanoma sin cura con textura de vello sarnoso o con manchas de distintas formas y colores: el infierno mismo cartografiado. ¿Es a través de estas manchas donde expresan los fantasmas de mi casa la amarga soledad de su encierro invernal? ¿O tal vez su furia, los demonios que la han deshabitado de sus duendes protectores? Quizá es que, de tantos meses cerrada, las habitaciones, enloquecidas, han cruzado una tras otra al lado tenebroso de su ser −que es el mío− y exudan con el moho su maldad en las paredes. Porque no olvidemos que este lo forman los ángeles caídos de los hongos, aquellos que no han querido unirse a las algas para formar el liquen, el primer verdor colonizador del reino de los cielos en la tierra.
No contento con las paredes, también ha hecho presa en mis cosas. Abro el armario y la ropa que olvidé proteger en cajas parece toda ella la vestimenta de un cadáver desenterrado tras años de sepultura. Ha perdido su presencia textil; es ahora un hervidero de moho. La indumentaria que de Tutankamón encontraron en el ajuar de su tumba se conservaba infinitamente mejor.
Mas no me amedranto. Cada año acepto el desafío y me enfrento a la bestia. ¿Pero con qué clase de arma?, se preguntarán ustedes, queridos lectores. ¿La espada del arcángel San Miguel? ¿El garrote de Hércules? Mucho más simple: lejía, el arma atómica de nuestras madres y abuelas.
Así pues, sellando todo mi cuerpo con mascarillas y escafandras caseras, cual científico loco en mitad de una pandemia de ébola, lejía en mano arremeto contra las huestes del moho, que se defienden escupiéndome sus esporas directas a los pulmones. Y sí, gano cada vez la batalla tras días de atroces combates. Pero en el fondo sé que es inútil; al invierno siguiente volverán. Sufro la maldición de los dioses, como Sísifo, condenado a empujar una roca enorme cuesta arriba por una montaña, solo para verla rodar antes de llegar a la cima, repitiendo luego esa tarea eternamente.
Sí, estoy jodido. Cualquier día yo mismo enmoheceré sin remedio y ni una pila bautismal de lejía me salvará.
Suscríbete para seguir leyendo
