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Los árboles, guardianes climáticos de Ibiza

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20.03.2026

Rara vez se valora aquello que fluye en generosa abundancia a nuestro alrededor. Ocurre, por ejemplo, con los árboles, tema de mi artículo de hoy. Permanecen estos tan cerca de nosotros en el día a día que no nos dejamos cautivar lo suficiente por su compañía. Nuestra indiferencia los reduce a un decorado inerte; una presencia constante y rutinaria que damos por sentada.

Aunque salgamos a la calle y suela haber un árbol cerca tejiendo nuestros pasos de sombra y sobrevolándonos las cabezas con su revoloteo de hojas, no lo acabamos de ver. Nuestros ojos solo enfocan en modo prismáticos, atentos únicamente a lo que anda lejos, inalcanzable. No disfrutamos de lo que tenemos por ansia de lo que queda por poseer.

De tan habituales y próximos, olvidamos cuán unidos estamos a los árboles, tanto física como emocional y culturalmente. Nuestros ancestros más remotos fueron casi criados por ellos, bajo su cobijo y sustento −a su cargo−, algo que ya no recordamos. Como simios espantados, un día resolvimos descender de sus ramas, internándonos en las llanuras deforestadas al comienzo de nuestro caminar erguido, extraviando para siempre el camino de regreso a nuestros árboles de cuna. Por tal razón, siempre que cualquiera de nosotros se interna en un bosque se ve invadido por la cálida sensación de haber vuelto a casa.

Dicho esto, imaginen ustedes ahora, queridos lectores, una Ibiza sin árboles. Sería una desolación 78 veces mayor que la que invade la isla de Conejera −por poner un ejemplo bien cercano−, en la que no hay ni uno solo. (La cifra de 78 sale de dividir los 572 kilómetros cuadrados de superficie que tiene aquella por los 7,29 de esta última).

Cualquier paisaje sin masa arbórea conduce irremediablemente a un hondo sentimiento de pesar, de orfandad. Su ausencia es metáfora recurrente de la soledad interior que tanto aflige al ser humano. Pero en una isla su carencia se acusa más. Seguro que Miguel de Unamuno habría agradecido que la inhóspita Fuerteventura, isla a la que fue desterrado en 1924, hubiese contado con más vegetación arbórea.

En el continente, por muy desarbolado que se halle un entorno, el simple horizonte terrestre mantiene viva la esperanza de encontrar vida boscosa tras este. En cambio, en una isla no ocurre así, pues el límite terrestre sucumbe en la frontera del mar que la rodea, reforzándose la sensación de quedar uno atrapado en un lugar limitado y desconectado del resto del mundo; una desconexión que se percibe mucho más si el paisaje insular es árido, sin arboledas.

Es también una cuestión de escalas, ya que al contener una isla mucha menos superficie −muy evidente en el caso de Ibiza−, la falta de árboles es una carencia vital más drástica que en el continente, lo cual transmite una mayor impresión de fragilidad. Además, anótese que, sin arboledas, una isla queda expuesta al azote de los vientos marinos y a la erosión.

Si Ibiza perdiera su masa forestal, qué duda cabe de que, transcurrido un tiempo, acabaría presentando un aspecto similar al que ofrecen tanto Conejera como muchas de las zonas más yermas de Formentera. La aridez del suelo se incrementaría, la temperatura iría en aumento y habría más escasez de lluvia. Por otra parte, la actividad humana centrada en el ocio deportivo al aire libre descendería notablemente por haber desaparecido los bosques, que enmarcan prácticas como el senderismo y otras.

Por consiguiente, preservar al máximo los árboles de la isla debe ser un imperativo de obligatorio cumplimiento por parte de todos. Cada uno de ellos es valioso por sí mismo, sin importar que su especie forestal abunde en el territorio lo suficiente como para que no corra peligro de desaparecer, como por ejemplo el pino carrasco.

No hay ser vivo más indefenso que un árbol. Ni siquiera puede echar a correr si nos aproximamos a él hacha en mano. Cada vez que talamos uno debería haber un ‘repique’ de ramas en toda la isla. Acordándome de la ‘Meditación XVII’, de la obra escrita en prosa poética por el inglés John Donne, ‘Devociones para ocasiones emergentes’ (1624), la muerte de cada árbol −en vez de cada hombre, como viene en el texto− también nos disminuye a todos, tanto cultural como biológica y climáticamente. Esas ramas también ‘doblan’ por cada uno de nosotros.

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