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De azúcar

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31.03.2026

Todos, hasta el ser más infame del mundo, hemos sido alguna vez cándidos e inocentes niños plagados de inseguridades en la vida. Y todos, como cualquier chico normal y corriente, hemos jugado con amigos, hermanos y compañeros de fatigas. Entre aquellos pasatiempos de infancia, el escondite era uno de mis preferidos. Y cuando en ese juego se decía que alguien ‘era de azúcar’, normalmente significaba que esa persona tenía una especie de ‘inmunidad’ o ‘ventaja especial’ que se traducía en diferentes privilegios aplicables a cualquier juego: o no podía ser pillado fácilmente (tenía una super protección); o tenía una segunda, tercera o cuarta oportunidad; o no contaba como atrapado en ciertas condiciones…

Dicho lo cual, cabe afirmar que en política hay líderes de hierro, líderes de cristal, y cómo no, también hay líderes ‘de azúcar’. Inmunes a cualquier escándalo propio, familiar o de su partido u administración. Porque como el azúcar en el café, todo lo disuelven y diluyen con una facilidad espasmódica. Escándalos, polémicas, críticas, negligencias, corrupción e irregularidades. Todo parece diluirse y nada les pasa factura. Son maestros en el arte de la manipulación y de la mentira. Encantadores de serpientes, capaces de hacernos ver que los burros vuelan.

De modo que para identificar al manipulador, sin caer en la trampa de convertirse también en uno de ellos, es bueno identificar a este tipo de individuos. Estos ‘seres de azúcar’, embaucadores empedernidos, están dotados de unas características muy peculiares que es bueno saber identificar. Por un lado, dominan el relato, cambian la versión de los hechos según les convenga, distorsionando la verdad a su antojo, porque cualquiera puede «cambiar de opinión». Apelan más a las emociones que a los hechos utilizando el miedo, la culpa, el orgullo o el victimismo para convencer a través de eslóganes populistas o buscando un enemigo común (los fachas, los de derechas, los de izquierdas, los que discrepan, los que no piensan como yo…) mediante la polarización porque ‘quién no está conmigo, está contra mí’. Ellos nunca están dispuestos a asumir ningún tipo de responsabilidad porque siempre hay un culpable externo y porque carecen de la más mínima autocrítica u honestidad. Fragmentan la verdad hasta el infinito, con medias verdades u omitiendo partes clave de la verdad construyendo un relato propio que parece cierto, pero que es incompleto. Son expertos en leer a la gente, detectando sus debilidades y ajustando su discurso a lo que su público quiere oír. Utilizan el gaslighting (hacerte cuestionar tu propia percepción de la realidad) para crear confusión y tomar el control. Se victimizan o se engrandecen como los salvadores del mundo, según les convenga. Son calculadores, retorcidos, maquiavélicos e intrigantes. Y aun más cuando acceden al poder, que no abandonan ni con agua ardiendo.

Algunos de esos ‘seres de azúcar’ siguen jugando al escondite, pero sin la inocencia de un niño, saciando su apetito de poder y pasando por alto el daño que pueden llegar a causar, porque se sienten dioses ‘de azúcar’ por encima del bien y del mal. Obviando que todos somos seres humanos, de carne y hueso, y que algún día, nos guste o no, deberemos responder de nuestros propios actos.

«Se puede engañar a todos algún tiempo y a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo» (Abraham Lincoln).

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