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Miguel de Marcos. Un 'orbis pictus' risueño

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Arquitecto de lo que autodenominó "lenguaje pantuflar": una escritura a la vez festiva, escatológica y terapéutica —trazo que define la "eutrapelia criolla"—, Miguel de Marcos es sin dudas uno de los escritores más grandes y al mismo tiempo desatendido que ha dado la Isla. Aunque militó de forma protagónica en la Asociación Cívica Cubana, espacio plural que exaltaba los valores patrióticos e identitarios de la naciente nación, en él no germinó —para bien— la soflama patriotera.

Su primer libro, Palpitaciones de una ciudad; reporterismo pintoresco, escrito a cuatro manos con Selim Armada, talentoso escritor cienfueguero al que la dama de la guadaña tendió los brazos precozmente, y con ilustraciones del dibujante y caricaturista español Rafael Lillo —quien acababa de establecerse en La Habana huyendo de la Revolución Mexicana, país donde transformó el arte gráfico y realizó el primer cómic—, constituyó ya un éxito de ventas. Tres artistas a la procura de una visión moderna de la ciudad. Si bien es hoy un libro fantasma, pues muy pocos lo habrán hojeado, las reseñas de la época lo señalan como un modo novedoso de periodismo, que tomaba instantáneas hasta entonces inéditas de la urbe y sus bajos fondos y que llegaba al lector como flor de lis, brisa fresca.

Desfilan sitios escasamente adscriptos a la crónica modernista, tan precisos como esquivos, en trazos que captan la fragmentación, el caos y el bullicio, siempre a modo de pinceladas: la Plaza del Vapor con sus tenderetes y su picaresca, San Isidro, el Malecón, la estación de trenes, las colas de pobres con sus escudillas frente al Ayuntamiento, y hasta una ceremonia de iniciación ñáñiga. El pulso de la ciudad, más allá de las marqueterías.

El prologuista, Manuel Villaverde (El Fígaro, 30 de marzo de 1913), hacía hincapié en que "el reporterismo es el arte supremo del periodista actual", lo que apuntala con el imperativo de que debía tener ojo de águila y olfato de sabueso: "Hay que verlo todo, que reseñarlo todo, que meterse en todas partes, que hacer ir al lector a todos los sitios".  

Por su parte, M. Rodríguez Rendueles en su reseña "Plumazos" (Diario de la Marina, 26 de mayo de 1913) anota: "Este es un siglo de vértigo y para atacar y llorar hay que andar de prisa. Para ser un croniqueur hay que tener talento y hay que sentir la vida"; y califica los artículos de irónicos y mordaces, idóneos para trasmitir una mirada nueva sobre las "costumbres criollas" y los "vicios capitalinos". Por último, Salvador Salazar habla del carácter impresionista de las crónicas y define la obra en su totalidad —edición, escritura, ilustración— como una "joyita tipográfica y literaria". Todos destacaron el carácter moderno y urbano de aquella variante de periodismo que salía en busca del entorno para captar no solo "tipos" sino el pulso vivo y variado de la ciudad. Un periodismo sin conflictos rurales ni refocilaciones en cargas al machete, donde alienta el habla de la calle, una lengua popular. Para Miguel de Marcos, un rutilante bautismo literario.

En 1914 sale a la luz Lujuria. Cuentos nefandos, libro que resultó en extremo escandaloso por su naturaleza casi pornográfica, donde se observa la impronta de ciertos decadentistas franceses. Un decadentismo, incluso con el vuelo poético que lo acompaña, furibundo, exaltado al punto de resultar repulsivo, no apto para estómagos abstemios. Violación, sadismo, drogas, culto lésbico, la caja de pandora de las perversiones sacudiendo las "buenas costumbres" con una contundencia que no se había visto en la literatura cubana.

Las críticas no se hicieron esperar. Lo embisten por todos los costados. En una nota de Revista Bimestre Cubana —que debió escribir Fernando Ortiz— al menos se reconoce su talento, pero el juicio no es menos severo: "Este joven literato con un léxico abundante y fácil y con sutileza psicológica muy afinada, analiza en varios artículos sensaciones morbosas de sexualismo. Son textos que saben a ajenjo, a éter, a opio, a degeneración. No están escritos para todos los paladares, pero están bien escritos. Creemos que es de lamentar que el novel escritor no dedique sus fuerzas, que no son escasas, a producir artículos de consumo literario más extenso y a drogas estéticas menos exóticas y anormales".

A comienzos de aquel año, la colección La Novela Semanal había publicado Éter, uno de los relatos de Cuentos nefandos. Ya entonces se dispara la expectativa; pero muy pocos podrán........

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