El embarcadero
Ya habían soltado las amarras cuando dos hombres de verde olivo aparecieron en lo alto de la escalinata. Mientras bajaban al muelle, hacían señas y voceaban. El patrón puso el motor en punto muerto y se cruzó de brazos. Algunos hicieron gestos de fastidio, pero nadie dijo nada.
Saltaron del muelle a la proa y, sin saludar, comenzaron a inspeccionar la embarcación. Uno a babor y el otro a estribor, avanzaron hacia la popa mirando rostro por rostro. Solo los niños, que estaban vestidos con el uniforme escolar, siguieron hablando entre ellos. El resto hizo silencio.
Muchos permanecieron con la cabeza baja, sin tener contacto visual con los recién llegados. Por la manera en que me miraron, fui el único de los pasajeros que les llamó la atención. Luego se recostaron en el armazón de madera que cubría el motor y empezaron a inspeccionar los paquetes, también uno por uno.
A una caja de cartón atada con hilos de yute le tomaron el peso con las manos. A una maleta de madera le revisaron el candado y esperaron a que su dueño se identificara. No comentaron nada hasta dar con mi mochila, que yo había colocado encima del banco donde estaba sentado.
Era una mochila de montañista que el padre de Dania le había traído de Italia y que, por su tamaño y diseño, llamaba mucho la atención. El que parecía ser el jefe caminó hasta mí. Se fue acercando sin quitarme los ojos de encima, y eso lo hizo tropezar con las piernas de una mujer y con dos gallinas atadas por las patas.
Además de que seguramente era yo la única persona que no viajaba habitualmente........
