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El embarcadero

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22.02.2026

Ya habían soltado las amarras cuando dos hombres de verde olivo aparecieron en lo alto de la escalinata. Mientras bajaban al muelle, hacían señas y voceaban. El patrón puso el motor en punto muerto y se cruzó de brazos. Algunos hicieron gestos de fastidio, pero nadie dijo nada.

Saltaron del muelle a la proa y, sin saludar, comenzaron a inspeccionar la embarcación. Uno a babor y el otro a estribor, avanzaron hacia la popa mirando rostro por rostro. Solo los niños, que estaban vestidos con el uniforme escolar, siguieron hablando entre ellos. El resto hizo silencio. 

Muchos permanecieron con la cabeza baja, sin tener contacto visual con los recién llegados. Por la manera en que me miraron, fui el único de los pasajeros que les llamó la atención. Luego se recostaron en el armazón de madera que cubría el motor y empezaron a inspeccionar los paquetes, también uno por uno. 

A una caja de cartón atada con hilos de yute le tomaron el peso con las manos. A una maleta de madera le revisaron el candado y esperaron a que su dueño se identificara. No comentaron nada hasta dar con mi mochila, que yo había colocado encima del banco donde estaba sentado. 

Era una mochila de montañista que el padre de Dania le había traído de Italia y que, por su tamaño y diseño, llamaba mucho la atención. El que parecía ser el jefe caminó hasta mí. Se fue acercando sin quitarme los ojos de encima, y eso lo hizo tropezar con las piernas de una mujer y con dos gallinas atadas por las patas.

Además de que seguramente era yo la única persona que no viajaba habitualmente en ese barco, mi aspecto no me ayudó a pasar desapercibido: una camisa dos tallas más grande, sandalias, pelo largo y despeinado, ojeras y la mirada perdida de la que tanto se quejaba Dania cuando me estaba contando algo. 

—¿Qué llevas ahí? —preguntó.

—Mis cosas —respondí.

—Porque vine por tres meses.

—¿Tres meses? —preguntó el otro, mientras le daba la vuelta al armazón de madera y se unía al que debía ser su superior.

—¿Qué llevas en tus cosas? —Esta vez, el que parecía ser el jefe se acercó a la mochila.

—Ropa y libros —respondí mientras me frotaba las manos, que ya me empezaban a sudar.

—¿Y eso? —preguntó, señalando el estuche de la Smith Corona portátil que el padre de Dania me había prestado, después de que ella me recordara que esa marca era la preferida de Ernest Hemingway, Tennessee Williams, Carson McCullers, Truman Capote y Ray Bradbury.

—Una máquina de escribir.

—¿Para qué se necesita una máquina de escribir en estas lomas? —preguntó el otro.

—Los dos, el de identidad y el de periodista.

El que debían darme en la revista no estuvo a tiempo. Pero recordé que en mi billetera aún llevaba, plastificado, el que nos daban a los estudiantes de Arte y Periodismo para que pudiéramos comprar las entradas a los teatros a mitad de precio. Se lo mostré.

—En estas lomas no hay teatros —el que parecía ser el jefe le dio vueltas a mi carnet entre los dedos y, después de inspeccionarlo detenidamente, me lo devolvió.

—¿Y a qué viniste? —preguntó el otro.

—Estoy haciendo el servicio social y me enviaron a escribir una serie de reportajes sobre las comunidades que viven alrededor del lago.

—¿Dónde te vas a quedar? —preguntaron los dos, casi al mismo tiempo.

No hubo manera de que recordara aquel nombre que tanto había repetido en las últimas semanas. Me vinieron a la cabeza cementerio, osario, panteón… todos menos ese. Mi lapsus hizo que se miraran entre ellos y les resultara aún más sospechoso. Cuando por fin lo recordé, lo dije como si hubiera acertado una adivinanza.

—¿Y dónde vas a dormir?

—Todavía no lo sé —mi tono era ya el de un inculpado que trata de probar en vano su inocencia—. Allí me espera Armando Valladares.

—Ah, Valladares —el que parecía ser el jefe por fin no pareció dudar de mí.

—Ah, Valladares —repitió el otro.

—¿Eso también es tuyo? —preguntó el primero, mientras señalaba el estuche de una cámara Zenit que tenía junto a mí.

—¿Eso también? —insistió el otro.

—¿Y por qué no la mencionaste? —inquirió, ya con saña.

—Porque no está dentro de la mochila ni en el estuche de la máquina de escribir —dije con sarcasmo, pero sus miradas me obligaron a matizar—. Es para los reportajes…

—¡Arranca! —le ordenó al patrón desde el fondo del barco. 

Los dos hombres saltaron de la proa al muelle y permanecieron en él hasta que dimos la vuelta. El barco rugió como si estuviera en mar abierto y no encerrado en un lago. Tomamos rumbo al cañón donde la enorme masa de agua, azul como un océano, se abría paso entre las montañas.

Levanté la cabeza al pasar frente al hotel Hanabanilla y descubrí que todos me miraban. Una señora mayor, que estaba frente a mí, hizo una mueca que interpreté como un gesto de cariño. Luego me pidió que le dijera a Valladares que Loida, la de los Becerra, le mandaba saludos. Le prometí que lo haría.

Otra señora, sentada junto a Loida, se puso de pie y me pasó la mano por la cabeza con mucho cuidado, como si lo hiciera sobre un golpe o una herida. Luego supe que se llamaba Herminia. Así la llamó el patrón del barco al despedirse de ella en la primera parada que hicimos.

—Azul marino —me dije mientras el aire se hacía más frío y avanzábamos lago adentro—, azul claro, azul marino, verde esmeralda, verde, azul claro, blanco, blanco, blanco.

Por un largo rato, el motor del barco fue el único sonido que se escuchó. A los pasajeros les tomó un tiempo recomponerse tras la irrupción de los dos hombres de verde olivo. Poco a poco empezaron a oírse susurros, luego palabras y al final frases cortas. Más tarde, alguien dijo un chiste que no entendí y todos rieron.

Camilo Venegas nació en Paradero de Camarones, Cienfuegos, en 1967. Sus libros publicados más recientes son la novela Atlántida (Libros del Fogonero, Madrid, 2023), el poemario Estación del Norte (Libros del Fogonero, Madrid, 2024) y la novela Los mudos de la montaña (Libros del Fogonero, Madrid, 2026), al cual pertenece este fragmento.

Otro fragmento de la novela: "El día que Oriana Fallaci me vio desnudo".


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