Mary Beard y Carteia
27 de marzo 2026 - 03:06
No creo que forme parte de las rutas turísticas habituales”, comentaba Mary Beard en Roma, un imperio sin límites. Al fondo, la chimenea humeante del polígono industrial de Guadarranque. La serie documental llevó hace años a nuestra latinista favorita hasta las ruinas de Carteia. “Desde luego, es un sitio que hay que buscar a conciencia”, afirmaba, imagino para desespero de la Delegación de Cultura de la Junta, encargada del enclave.
Las ruinas, “ocultas tras una propiedad industrial del sur de España” –sigo citando a nuestra querida Mary– son, sin embargo, uno de los lugares favoritos de la autora, que sin duda se llevaría un disgusto de saber que parte de los terrenos del emplazamiento se hayan en negociaciones entre Altanea y Endesa, según informaba estos días Verdemar Ecologistas en Acción –de hecho, la instalación de la planta de almacenamiento de gas y de la antigua térmica provocaron la desaparición de aproximadamente un tercio del asentamiento–.
Aun así, y a pesar de que “parece un lugar bastante corriente”, Carteia es para la historiadora inglesa “uno de los lugares más importantes del Imperio Romano”. Su historia –nos cuenta Mary Beard, caminando entre las piedras con sus andares de mamá ganso– “nos remonta al 171 antes de Cristo, cuando una delegación de Hispania se presentó en Roma representando a los más de 4.000 hombres que eran hijos de soldados romanos y de mujeres hispanas”.
Se ve que al llegar al fin del mundo conocido, como les gustaba decir, los legionarios fueron, vieron y vencieron. Sus descendientes, sin embargo, eran algo así como alegales: no gozaban de derecho político alguno. El historiador Tito Livio los consideraba, de hecho, “una nueva especie”: “Como era típico en ellos –prosigue Mary–, los romanos les ofrecieron una solución: para empezar, un hogar en Carteia. Pero no se limitaron a eso, los convirtieron en latinos: a medio camino entre ciudadanos romanos plenos y no ciudadanos”. Puede que no parezca mucho, pero el gesto fue revolucionario: esa concesión dio pie a un proceso que acabaría varios cientos de años más tarde, con todos los habitantes del Imperio gozando de la condición de ciudadanos. Esa fue nuestra contribución, que no es poca, y que es muy moderna. Quizá por eso ha querido la suerte –¿los dioses?– que sigan en pie ese puñado de piedras gastadas, supervientes a la voracidad del tiempo y de lo humano.
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