WhatsApp es una aplicación extraordinaria. Nos permite hablar gratis con un primo en Venezuela, mandar una fotografía a Australia, organizar una comida familiar en treinta segundos y comunicar urgentemente que hemos comprado dos kilos de papas. Yo lo uso, y, en general, me resulta bastante útil.El problema aparece cuando su usuario transita del uso al abuso, y, el estridente «¡clin!» de la aplicación revienta, por ejemplo, tu dulce siesta. Metes un respingo en el sofá, te cagas en todo lo que se menea, y, con la mala leche saliéndote por las orejas, miras la pantalla para saber el motivo de la urgencia. Entonces, caliente como un macho ves un gato bailando bachata, un cura haciendo zumba o un abuelo meneando el culo como si no hubiera herederos mirando.En otros tiempos, para entrar en una casa ajena, y siempre en horarios civilizados, tocábamos delicadamente la puerta o el timbre. Desde dentro alguien preguntaba “¿quién va?”, te identificabas........
