Los sinvergüenzas
Hay dos tipos de sinvergüenzas en el mundo. De una manera principal, los directivos de las farmacéuticas y los de las petroleras. También existe una escala menor, en la que figuran otros golfos de menor rango. Nada más disparar el primer cohete en Irán, donde se libra una guerra económica, han subido la gasolina. Pero han subido incluso el stock, sin esperar a que el nuevo precio del crudo en origen aumente. O sea que negocio redondo. De un lado, los repletos almacenes de petróleo refinado que hay en España aumentan el precio de su contenido, comprado barato, con la complacencia del propio Gobierno -ha ocurrido siempre, no es cosa de los sociatas-. De otro, el crudo de precio viejo que transportan los petroleros en ruta hacia las refinerías también forma parte de ese stock. Negocio abusivo y vida más cara para los ciudadanos. La subida es también innecesaria y malintencionada en origen: el estrecho de Ormuz no se va a cerrar, porque su clausura dejaría sin crudo a China y a la India, que no lo iban a permitir. La guerra, por otra parte, apenas ha tocado levemente a las refinerías del Golfo. A nadie le interesan esos daños. Luego está la parte política de la acción militar, pero esos son otros cantares. Llama la atención que mientras los bombardeos americano-israelíes no cesan (allá ellos), el animal de Trump se dedique a jugar al golf en su residencia de Mar-a-Lago, en Florida, visiblemente contento. No me olvido de los laboratorios farmacéuticos: una medicina para que mi perra no se rasque tiene un precio de 45 euros en las farmacias. Supongo que el coste de producción será de 0,50 euros por toda la caja de pastillas. Y, mientras, el doctor Barbacid intentando curar el cáncer de páncreas sin que casi nadie aporte un duro para ayudarlo. Naturalmente que el mundo necesita una revisión moral profunda.
