El concejal
Generalmente, el concejal está gordo como un cochino. Y cuando acude a Fitur y le entregan la credencial, no se la quita ni en el taxi. El concejal enseña su barriga blanca y peluda y su corbata a media panza, con el nudo despegado del grueso cogote, porque la camisa data de cuando no era edil y estaba flaco, así que le queda estrecha y corta. Vive sofocado. El concejal recibe la credencial y se ducha con ella, la única vez que ve el agua durante la feria. Como está plastificada, ni siquiera se le estropea. Y llega a casa con la credencial colgando. Hay otro espécimen curioso y es el tipo, generalmente de práctica habitual ociosa, al que tú le encargas algo: por ejemplo, que dirija el aparcamiento en un solar aledaño, durante una fiesta. Este individuo se enfunda un chaleco amarillo, se adorna con una gorra y se lleva a la boca un pito, que hace sonar de manera reiterada, haga o no haga falta la melodía. Si encima le pones una tira de cuero de guarda jurado se arroga la legitimidad de una autoridad máxima y se cree el virrey de la India. Hace aspavientos, da gritos y qué decir si le entregas, para reforzar su labor, una antorcha amarilla que va a pilas y que el mentecato agita con un pundonor digno de mejor causa. Los llaman gorrillas, pero se han convertido en la elite del orden. Lo mismo que los carteros, que ahora son notarios, porque sólo reparten burofax y certificados de Hacienda. Luego los carteros son unos gafes de campeonato, siempre portadores de malas noticias. Todavía estoy esperando a que un cartero me haga llegar un cheque. Los carteros y sus maquinitas electrónicas tienen presunción legal de certeza, como los inspectores de Trabajo y otros funcionarios de alto rango. En qué especie de imbéciles nos hemos convertido los contribuyentes.
