El odio también se aprende
Hace poco volví a leer 1984. Esta vez en formato digital, cosas de los nuevos tiempos. Ya lo había leído antes, pero los libros tienen esa extraña capacidad de ofrecernos una lectura diferente dependiendo del momento de la vida en que volvamos a ellos. Las palabras siguen en el mismo sitio; somos nosotros quienes llegamos con otros años, otras experiencias y otra manera de mirar el mundo. Esta vez se me quedaron rondando aquellos Dos Minutos de Odio en los que todos debían reunirse frente a una pantalla para descargar su rabia contra un enemigo previamente elegido.
Cuando acabé de leerlo pensé que Orwell necesitaba una pantalla enorme y una hora determinada para conseguirlo. Nosotros llevamos la pantalla en el bolsillo. Quizá por eso aquella escena me resultó ahora mucho más cercana.
No pretendo decir que vivamos en aquel mundo que Orwell imaginó en 1949. Sería exagerado y, probablemente, demasiado fácil. Pero sí reconocí algo que me inquieta cada vez más: la facilidad con la que puede dirigirse el enfado de una sociedad. No hace falta inventarlo todo. Basta tomar un miedo que ya existe, simplificar un problema complejo, escoger la parte de la realidad que interesa y señalar a alguien; después, la repetición hace el........
