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La marquesa de Santa Cruz

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16.04.2026

16 de abril 2026 - 03:07

El Museo del Prado es noticia estos días porque celebra los cuarenta años de la recuperación para el patrimonio español de uno de los retratos pintados por Goya de la marquesa de Santa Cruz, caracterizada como musa mitológica lírica, acostada en suntuoso diván cubierto por telas rojas. Acude de nuevo a contar la historia mil veces repetida del proceso por el cual el Estado pagó ochocientos millones de pesetas de la época para “contentar” al coleccionista anglosajón que la había comprado en una transacción al margen de la ley de entonces. Una historia ciertamente cansina, por repetida y maquillada. La novedad ahora es que el cuadro, siempre expuesto en el museo desde hace cuarenta años, es que le han colgado al lado una mediocre copia -localizada por un galerista particular de Madrid- de las cuatro que Franco encargó en los años cuarenta para contentar a los propietarios del cuadro, pues pensaba regalar la obra a Hitler por la existencia de una cruz similar a la gamada nazi en la decoración de la lira que sostiene la retratada. La cuestión es que el Prado, como hace en ocasiones desde hace años, acude a lo manido y facilón, y lo vende como un gran acontecimiento cultural. Y oculta interesadamente la existencia del “otro” retrato de la marquesa, también pintado por Goya en segunda versión, de mucha mayor calidad que el del museo, y que al parecer hoy custodia el gobierno de Filipinas tras haberlo incautado entre las pertenencias de Imelda Marcos. El cuadro en cuestión fue vendido en 1965 por sus propietarios, los herederos del duque de Wellington, al County Museum de Los Ángeles.

En 1978 el museo lo enajenó a coleccionista ignoto, descatalogándolo de sus colecciones, por motivos desconocidos, hasta que, como se ha dicho, hace unos años apareció entre las pertenencias de la viuda del dictador. Esta obra, segunda versión del retrato pues carece de los pentimenti del cuadro del Prado, está mejor pintada, en especial los plegados de las telas rojas que cubren el lecho –más expresivos y mejor diseñados- y la finura de rostros y brazos, y presenta la variante de descalzar a la dama, que exhibe unos aporcelanados pies. Desconocemos por qué Goya realizó esta segunda versión, de la que algunos “expertos” indoctos han dudado, pero la simple contemplación de su reproducción fotográfica deja en inferioridad de condiciones a la obra del Prado, que no es, ciertamente, de lo mejor de la retratística goyesca. Hubiera sido un buen momento para que el museo se hubiera atrevido a exponerlas juntas.

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