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Ayunar y escuchar

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21.03.2026

21 de marzo 2026 - 03:08

Cada Semana Santa trae consigo mensajes que no deberían quedarse solo en los templos ni en las retransmisiones solemnes. Hay palabras que, más allá de las creencias, interpelan a cualquiera que viva con los pies en la tierra. El mensaje lanzado este año desde Roma ha sido especialmente claro y profundamente humano: una llamada a volver a lo esencial, a no anestesiar la conciencia y a convertir los valores —sean de fe o simplemente de ética cívica— en actitudes cotidianas de compromiso, servicio y responsabilidad.

Lejos de grandes discursos, el acento se ha puesto en la vida ordinaria. En cómo miramos al otro, en cómo cuidamos lo frágil, en cómo respondemos al dolor cercano sin pasar de largo. Una invitación que conecta de lleno con los desafíos de una sociedad acelerada, individualista y, en demasiadas ocasiones, indiferente. Y que interpela especialmente a quienes sostienen vínculos, cuidan personas y construyen comunidad día a día, muchas veces sin reconocimiento.

La Semana Santa no es solo memoria; es pregunta. Uno de los ejes más sugerentes del mensaje de este año ha sido la reivindicación de dos gestos sencillos y actuales: escuchar y ayunar. Escuchar en un tiempo saturado de ruido, opiniones y mensajes se ha convertido en un acto casi contracultural. Escuchar la realidad, a quien piensa distinto, a quien sufre, a quien no suele tener voz. Escuchar no es pasivo: transforma, compromete y obliga a salir de la comodidad.

Escuchar es hoy un acto contracultural. Vivimos rodeados de palabras, opiniones y mensajes, pero con una preocupante escasez de escucha verdadera. Escuchar—crean o no crean— implica aprender a escuchar la realidad, el clamor de quienes sufren, la fragilidad que nos rodea y que tantas veces preferimos ignorar. El Papa nos recuerda que la escucha auténtica no es pasiva: transforma, compromete y nos saca de la comodidad. Escuchar es el primer paso para no vivir de espaldas al otro.

El ayuno, por su parte, se plantea no solo como privación material, sino como una pedagogía del deseo. Aprender a distinguir lo esencial de lo superfluo, a medir palabras, a renunciar al insulto fácil, al juicio inmediato, a la descalificación constante. Especialmente necesario en la familia, en el trabajo, en las redes sociales y en la vida pública.

Especialmente sugerente es la invitación a un ayuno poco practicado: el ayuno de palabras que hieren. Callar antes de dañar, medir el lenguaje, renunciar al insulto, a la descalificación fácil, al juicio inmediato.

En la familia, en el trabajo, en las redes sociales y en la vida pública. Un ayuno del lenguaje que abre espacio a palabras de esperanza, de respeto y de paz.

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