La revolución de los médicos
14 de marzo 2026 - 03:08
Cuando Spanair cesó su actividad en 2012, cerca de cuatrocientos pilotos se quedaron sin trabajo. Durante unas horas pareció una tragedia profesional. Pero duró poco. En menos de veinticuatro horas varias aerolíneas extranjeras —en su mayoría asiáticas— activaron procesos de selección relámpago para reclutarlos.
El piloto es una profesión escasa y muy valorada. En la dinámica de la oferta y la demanda, se ha convertido en una auténtica pieza de lujo en el mercado laboral. Las compañías necesitan contratar capitanes para poder operar nuevos aviones y expandirse. Su trabajo está sometido a una regulación estricta que controla las horas de vuelo, el entrenamiento en simulador, las revisiones médicas y los periodos obligatorios de descanso. Al fin y al cabo, cientos de vidas dependen de su lucidez.
Algo parecido ocurre con otras profesiones que tienen la responsabilidad de transportar o custodiar vidas humanas: conductores, maquinistas y controladores. El sistema entiende que quien tiene vidas en sus manos debe trabajar descansado.
Todas las profesiones menos una.
Los médicos españoles siguen realizando guardias de hasta veinticuatro horas seguidas atendiendo urgencias, tomando decisiones críticas y sosteniendo la salud de los demás. Una jornada que en cualquier otro ámbito resultaría inconcebible.
Mientras la sociedad debate sobre semanas laborales de cuatro días, conciliación y bienestar en el trabajo, la profesión que cuida nuestra salud, los mismos profesionales que sostuvieron el sistema sanitario durante la pandemia de covid con un alto coste personal, continúa sometida a un régimen que resulta difícil de justificar.
España forma a médicos extraordinarios, pero muchos terminan marchándose a otros países donde encuentran mejores condiciones y mayor reconocimiento.
Quizá todo dependa del punto de vista. En física existe un concepto fascinante: la relatividad. La posición desde la que se observa un fenómeno cambia por completo la interpretación del movimiento.
Algo parecido ocurre con el valor que damos a ciertas profesiones. Cuando miramos al cielo, protegemos a los pilotos con una precisión admirable. Pero cuando miramos a un hospital, todavía aceptamos que quienes cuidan nuestra vida trabajen durante un día entero sin dormir.
La relatividad, al parecer, también alcanza a la sanidad pública.
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