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El desierto de la moda

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28.03.2026

28 de marzo 2026 - 03:08

El desierto de Atacama acumula unas 60.000 toneladas de ropa usada, procedente en su mayoría de Estados Unidos, Europa y Asia. Lo que no se vende acaba en vertederos en uno de los lugares más áridos del planeta. La imagen, documentada por medios internacionales, resulta reveladora: el poliéster, como otros materiales derivados del petróleo, no es biodegradable y prolonga su impacto durante décadas. Algunas iniciativas recuperan parte de esas prendas y las redistribuyen, pero no basta. La única herramienta capaz de reducir esa acumulación es la conciencia.

De todas las prendas que consumimos, menos del uno por ciento se recicla en nuevas piezas; el resto sigue un recorrido breve: uso, abandono y acumulación. En Europa, cada persona desecha una media de 12 kilos de ropa al año, con un impacto ambiental de unos 355 kg de CO2 por habitante. No es solo una cuestión de cantidad, sino de velocidad. Compramos más, usamos menos y sustituimos antes, con una ligereza que contrasta con la permanencia de los residuos. La moda nos ha educado para consumir sin conciencia medioambiental. Nos dejamos llevar por las tendencias y no prestamos atención a las etiquetas. La fast fashion se ha impuesto en el sector y los pequeños talleres están desapareciendo.

La industria textil se ha consolidado como uno de los sectores con mayor impacto ambiental. Frente a ello, la Unión Europea impulsa medidas para reducir la huella: recogida obligatoria de residuos textiles y mayor responsabilidad de las marcas. Pero la cuestión va más allá de la normativa.

Durante siglos, la ropa fue un bien duradero. Se heredaba, se remendaba, incluso figuraba en los testamentos. La llegada del prêt-à-porter transformó esa relación: democratizó la moda, pero también la volvió efímera.

Hoy la prenda ha dejado de ser objeto para convertirse en tránsito. La moda, en ese sentido, actúa como un espejo: la acumulación sustituye al cuidado; la novedad, a la permanencia. Y, en este proceso, también la identidad se diluye: todos vestimos igual.

Hemos perdido la capacidad de valorar lo que tenemos y, en cierta forma, nuestra propia singularidad, para convertirnos en copias estacionales de un maniquí que cambia cada seis meses en el escaparate. Como advirtió Gianni Versace: «No sigas las tendencias. No dejes que la moda te posea; decide quién eres». La manera en que vestimos habla de quiénes somos.

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