Eutanasia y redes
28 de marzo 2026 - 03:08
Solo deberían haber opinado sobre la muerte de Noelia Castillo sus familiares, sus allegados más directos, el personal sanitario que la ha atendido. Ellos son los conocedores reales de sus razones, o sinrazones, para adoptar esa decisión tan drástica. Ver como la juzgan, como si se estuviese opinando de una refriega en el Congreso o de un cotilleo de corazón, me incomoda profundamente, por inmoral y por indecoroso. Ahora toca dejarla descansar en paz, como era su deseo.
Todo lo que ha rodeado a su eutanasia más allá de ella, en cambio, invita a una reflexión pausada, cuando no obliga a ello. Intentarlo, por cierto, contraviene la sensibilidad woke. Como cualquier otra forma de dogmatismo, esa mentalidad no admite razones, matices o debates de clase alguna. La eutanasia, en cualquiera de sus manifestaciones, forma parte de la nómina de la modernidad woke y, por consiguiente, no es cuestionable. Quien lo hace pasa a convertirse de manera automática en anticuado, reaccionario e indigno de ser escuchado.
Sin embargo, merece la pena plantear si tiene, o no, límites, si hay diferencias que separan la eutanasia del suicidio asistido y si este último es un derecho o, por el contrario, supone la certificación de la incapacidad de un sistema social en general, y sanitario en particular. No tengo claro casi nada de esa cuestión. Solo que hablar estas cosas no me parece atentado ético alguno. Sí estoy convencido de que en la mayoría de los suicidios asistidos la salud mental no ha funcionado de manera satisfactoria, al menos en un número significativo de ocasiones.
Sí me parece más que reprobable el circo mediático que ha organizado la telebasura en torno a un hecho como este, tan cargado de connotaciones íntimas. No todo debería de valer, por más que las audiencias crezcan. La actuación de las redes, por su parte, trasciende el terrorismo mental para ingresar en la indecencia mayúscula y sin perdón. Ha circulado profusamente que la decisión de Noelia Castillo obedecía a las secuelas de una violación grupal. Los supuestos autores, por supuesto, habrían sido un grupo de inmigrantes. Cuando se desmintió el infundio, ya había circulado tanto que, incluso, estaba integrado en la prensa profesional. Desolador y repugnante.
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