Abusos aztecas
20 de marzo 2026 - 03:08
En los aztecas, afincados en Tenochtitlan, muy propensos a los sacrificios humanos, con especial predilección por extraer brutalmente el corazón de las víctimas, sin que faltaran rituales a propósito de tan macabra práctica. Bastante aficionados eran asimismo a las exhibiciones artísticas macabras, pues habilitaron un lugar, el Tzompantli, donde se ensartaban las cabezas de las víctimas sacrificadas. Antes, una vez purificadas con baños las víctimas, se trataba de que fueran alegres o, al menos, ajenas a la muerte y, a tal fin, se les proporcionaban mujeres para el deleite carnal, bebidas embriagadoras o alucinógenos en bebedizos o en platos de comida. Toques continuos de cornetas y tambores ensalzaban el ritual y enardecían a la población, que participaba, no poco enajenada, en las ceremonias espeluznantes. La víctima, llegado el momento, era colocada en una piedra con la punta redondeada y cuatro sacerdotes -más bien verdugos- le sujetaban los brazos y las piernas, e incluso otro oficiante le tomaba la garganta. Uno de ellos era el de mayor rango y portaba un cuchillo de pedernal muy agudo y ancho. También llevaba, u otro de los sacerdotes, una collera de palo labrada con la figura de una culebra. Así las cosas, se ponían frente al ídolo, hacían una inclinación y se colocaban junto a la piedra, alta y puntiaguda, que llegaba a la cintura del sacrificado y hacía que este se doblara, de modo que al dejar caer el cuchillo se abriese el tórax. Entonces el sumo sacerdote le sacaba el corazón arrancándolo con las manos, lo mostraba al sol y luego se volvía al ídolo y se lo arrojaba al rostro. Después, el cadáver era descuartizado y ocasiones había en que se repartían los pedazos entre los comensales para ingerirlos y, de tal guisa, completar el ritual.
No faltan quienes justifican estas prácticas pavorosas de sacrificios humanos por su carácter de ritos. Pero, incluso corregido el presentismo de aplicar criterios y valores contemporáneos a hechos acontecidos medio milenio atrás, tan sanguinarias prácticas aztecas producen escalofríos. El expresidente mexicano López Obrador y la actual presidenta Claudia Sheinbaum, regidores de la nación fundada por esa antigua civilización mesoamericana, han reclamado, con más populismo político que historiografía rigurosa, al rey de los españoles que pida perdón por las tropelías de la conquista. En fin, si los hijos no tienen culpa de los padres que tienen, cómo van a reconocerla de antecesores de muchos siglos atrás. Acaso la presidenta doña Claudia rompa esta evidencia meridiana pidiendo perdón por los “abusos” aztecas.
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