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Turismo de favela: ¿Espectáculo de la pobreza?

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14.03.2026

Creado: 14.03.2026 | 05:00

Actualizado: 14.03.2026 | 05:00

Todavía escribiendo estas líneas sonrío recordando uno de los grandes viajes de mi vida. Hace apenas unas semanas, tuve la suerte de caminar por las calles de Río de Janeiro en Brasil durante seis días. Como cualquier viajero, me dejé deslumbrar por el Cristo Redentor, la energía de Copacabana, los atardeceres en Ipanema y la magia del Sambódromo. Y todo en pleno Carnaval, de hecho el más espectacular del mundo. Cuando estaba visitando el todopoderoso Pan de Azúcar, el famoso ícono turístico reconocido por sus vistas panorámicas, sucedió algo curioso. Conocí a una simpática pareja de Valencia. Me contaron que era también su primera vez en Brasil y que cada mañana hacían una ruta turística. Esa misma mañana la hicieron a la favela más famosa del mundo. Su nombre es la Rocinha.

«Mira, te vienen a recoger a las siete de la mañana o a la una del mediodía. Te citan en un punto y te vienen a buscar en motos para subir a la favela. Es una pasada porque es emocionante», me cuentan con los ojos brillantes. «Allí puedes grabar o hacer las fotos que quieras, pasas por callejones estrechos y ves la vida en el barrio. En un punto determinado te piden que no grabes, hay gente con pistolas y es realmente peligroso. Son los jefes del barrio y van armados», sigue el relato la chica de la pareja. Me muestra fotografías en el móvil muy emocionada y solo veo calles tercermundistas, estrechas, sin aceras, escaladas en las que se ve un grupo de un tour guiado grabando cada paso de una zona absolutamente descuidada y los turistas de todo el mundo avanzan asustados como si fuera un pasaje del terror de Halloween. «La verdad es que es barato, la visita nos costó veinte euros por persona y además incluye un video que te hacen con un dron desde una terraza y se alcanza a ver toda la favela desde el aire con todas las casas apiñadas como un enjambre. Te lo recomiendo». Eso me contó.

La pregunta es si este tipo de turismo es beneficioso o no para esta marea de ladrillos naranjas

En la bajada del funicular del Pan de Azúcar, reflexioné sobre si ir o no ir a esta «excitante aventura en la favela más grande del mundo». La verdad es que la pareja valenciana me lo vendió muy bien. Pero ya en mi apartamento carioca lo descarté. Decidí no visitar la favela. No pude evitar sentir que subir allí, móvil en mano, cruzaría una línea ética que no estaba dispuesto a romper. Para mí, la idea de observar la carencia ajena desde la distancia de un tour me pareció, sencillamente, un espectáculo de la pobreza y la miseria.

La pregunta es si este tipo de turismo es beneficioso o no para esta marea de ladrillos naranjas donde viven más de 100.000 personas. Allí se cruzan cada día dos mundos: el de los vecinos que luchan por salir adelante y el de los turistas que buscan algo que no encuentran en los hoteles de lujo. Es lo que hoy conocemos como ‘turismo de favela’.

Sentí que subir allí, móvil en mano, cruzaría una línea ética que no estaba dispuesto a romper

Lo que empezó hace años como visitas aisladas hoy es una industria muy bien organizada. Para muchos turistas, la favela es ese lugar que han visto en películas como Ciudad de Dios o en noticias sobre narcotráfico, y quieren experimentarlo de cerca. Las empresas traen a la gente como si estuvieran en un safari por la selva. Este modelo es el que alimenta la sensación de que la falta de recursos se ha convertido en una atracción de feria. Por eso los visitantes se hacen selfies posando sonrientes ante casas humildes o niños descalzos. Los críticos advierten que esto ‘romantiza’ la pobreza; es decir, hace que parezca algo curioso o artístico, olvidando que para los vecinos la falta de alcantarillado o de servicios básicos es un problema real que sufren cada día, no un decorado para una foto con filtros. Muchos defienden que el turismo, si se hace con respeto, puede ser una bendición y es una forma de que el dinero llegue directamente a quien más lo necesita.

Al final de mis seis días en Río, me fui con la convicción que hice bien. El turismo en la Rocinha no va a desaparecer, pero su supervivencia ética depende de un cambio profundo. Mi decisión de no ir fue personal, basada en el respeto a una realidad que me pareció demasiado frágil para ser observada como un espectáculo de la miseria. Y es que la Rocinha es mucho más que sus carencias; es un ejemplo de lucha diaria y no hay que hacer un espectáculo de ello.


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