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El aroma del miedo y el negocio del caos

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31.03.2026

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Un intento patético de calmar la histeria colectiva mientras, afuera de las vallas, la realidad nos escupía en la cara. 

Aquí les presento la crónica de tres días de un festival que ya no es música, sino un ejercicio de brutalidad organizada.

DÍA 1: El preludio del despojo.

El viernes arrancó con ese optimismo cínico que caracteriza al regio que paga 10 mil pesos por ver a bandas que ya deberían estar jubiladas. 

La entrada fue un embudo de sudor. 

Entre el estruendo de los sintetizadores y el polvo que se levantaba como una maldición, el primer "incidente" marcó la pauta.

Al caer la tarde, la cifra oficial —esa que maquillan con la destreza de un cirujano plástico de San Pedro— ya reportaba los primeros celulares "extraviados". 

¡Qué eufemismo tan delicioso! 

No se perdieron; fueron extraídos con una precisión quirúrgica que ya quisiera el IMSS.

Eran las 8:00 PM y el aroma a sándalo de los difusores instalados en el "Oasis Tech" se mezclaba con el sudor rancio de quienes acababan de perder su conexión con el mundo digital.

El cinismo de los guardias de seguridad, cuya única función parecía ser cuidar que nadie metiera un sándwich, era absoluto. 

"¿Lo traía en la bolsa de atrás, jefe? Pues ya fue", decían con una sonrisa gélida.


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