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Juan de Ajuriaguerra, el hombre que nunca se marchó

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01.09.2026

HAY pocas figuras que hayan ejercido una influencia tan profunda y duradera en el nacionalismo vasco como Juan de Ajuriaguerra Otxandiano. Tanto la biografía clásica de Miguel Pelay Orozco, “Juan Ajuriaguerra. Su vida, su obra, su muerte”, como la investigación de Eugenio Ibarzabal, “Juan Ajuriaguerra. El hermano mayor”, coinciden en presentar a un hombre cuya vida estuvo marcada por una fidelidad absoluta a Euskadi y por una capacidad de liderazgo que resultó decisiva durante la Guerra Civil, la dictadura franquista y los primeros años de la democracia.

La Guerra Civil supuso la primera gran prueba de su vida. Cuando en octubre de 1936 se constituyó el primer Gobierno Vasco presidido por José Antonio Aguirre, Ajuriaguerra ya llevaba tiempo asumiendo responsabilidades políticas y organizativas como presidente del Bizkai Buru Batzar pero a partir de ese momento, se convirtió en una de las figuras centrales en la estructura de información y propaganda del nacionalismo vasco durante el conflicto. 

Uno de los episodios más conocidos fue su participación en las negociaciones del Pacto de Santoña en agosto de 1937. Juan de Ajuraguerra actúo impulsado por la convicción de que debía evitar una tragedia aún mayor para Euskadi que haber perdido la guerra. Consideraba absolutamente necesario salvar la vida de toda aquella generación de jóvenes vascos porque en un futuro iban a ser imprescindibles para la reconstrucción de Euskadi. Pero no solo hizo eso, cuando aún tenía la posibilidad de exiliarse, regresó voluntariamente para compartir el destino de todos ellos. Podía haberse quedado a salvo en Francia. Tenía la posibilidad de escapar. Sin embargo, regresó para compartir la suerte de los hombres a los que había dirigido. Sabía perfectamente que le esperaban la cárcel y probablemente la muerte y aun así volvió. Décadas después, aquel gesto sigue impresionando por su dimensión humana. Fue aquella decisión la que, en gran parte, contribuyo a forjar una imagen que le acompañaría toda su vida: la del dirigente que nunca abandonó a los suyos.

La derrota en la guerra trajo consigo la represión. Detenido por las autoridades franquistas, fue condenado a muerte. Pena que, posteriormente, le fue conmutada por cadena perpetua. 

Tras recuperar la libertad en 1943, aunque sometido a vigilancia, destierro y restricciones, se dedicó a reconstruir las estructuras del PNV desde el interior. En una época marcada por la persecución política, Ajuriaguerra consiguió mantener viva la organización y preservar una red de militantes que........

© Deia (Tribuna Abierta)