El «Poder Popular», otro mito del castrismo
LA HABANA, Cuba. – Por estos días se celebran diversos actos en Cuba para recordar los 50 años de creados los órganos del Poder Popular. Y es que estos órganos, y las actividades relacionadas con ellos, son parte de la mitología que ha elaborado el castrismo con tal de mejorar su imagen. Los gobernantes cubanos tratan de hacer ver que en la Isla gobierna el pueblo, que hay elecciones de verdad, que la Asamblea Nacional del Poder Popular realiza una auténtica labor legislativa, y que constituye la máxima instancia del poder del Estado cubano.
Particular mención para las elecciones que se realizan en Cuba, en especial las que tienen lugar a nivel de circunscripción, o sea, de barrio. Sobre ellas la maquinaria del poder se jacta de que el Partido no propone ni nomina a los candidatos, y que las urnas de la votación son custodiadas por pioneros. Claro, es que no hay nada importante en juego. Aquí lo mismo da que resulte elegido Juan como Pedro. Total, arriba no cambia nada. Siempre los mismos personajes por 50 o 60 años en el poder. Pero también tenemos ejemplos de las maniobras que se realizan a nivel de base para impedir que resulte elegido un candidato que no cuente con el patrocinio de las autoridades.
En el año 2015, el opositor Hildebrando Chaviano resultó nominado en su cuadra. Acto seguido, al colocarse en lugares públicos las fotos y las biografías de los candidatos, Hildebrando fue objeto de ofensas para degradar su imagen: que había asistido a eventos en el exterior organizados por los enemigos de la nación y otras cosas por el estilo. Y al final, el día de la votación, se apareció una “brigada de respuesta rápida” y le ofreció un mitin de repudio al candidato opositor, con el deliberado propósito de atemorizar a los votantes.
Por otra parte, el reglamento de las elecciones a nivel de circunscripción nos deja ver el carácter formal de esas elecciones. No importa que en todas las reuniones de una circunscripción resulte nominado el mismo candidato. De todas maneras, en la última reunión de esa circunscripción hay que nominar a otro candidato, con el único objetivo de que haya una elección, aunque se sepa de antemano quién la va a ganar. Así funciona el circo castrista de las elecciones.
Acto seguido viene el trabajo de las famosas “Comisiones de candidatura”. Las forman figuras pertenecientes a las diversas asociaciones afines al Partido, como la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). Su misión es la de nominar a los futuros diputados a la Asamblea Nacional. Aproximadamente la mitad de los escogidos son dirigentes a nivel nacional (ministros, altos funcionarios del Partido, militares de alto rango y de las fuerzas de orden interior), los que en oposición al democrático principio de la separación de poderes, gobernarán y legislarán al mismo tiempo. Aquí no importa elegir a figuras que se pasarán legislaturas y más legislaturas sin abrir su boca en las sesiones de la Asamblea, como fueron los casos de Juan Almeida y Abelardo Colomé Ibarra. Lo importante es ocupar las plazas con figuras de la alta nomenclatura.
El castrismo se jacta del número de jóvenes y mujeres que integran el Parlamento cubano. Sin embargo, no hacen mención de que ese parlamento posee el récord mundial de la unanimidad. Cuando una propuesta viene de las instancias superiores del poder, no hay ni un voto en contra ni ninguna abstención. ¡Qué dirían aquellos bravos parlamentarios como Manuel Sanguily, Juan Gualberto Gómez y tantos otros que libraron duras batallas orales durante la discusión de la Constitución de 1901!
Mas, los gobernantes saben que cada día son menos los cubanos que aceptan convertirse en delegados del Poder Popular. Las personas son conscientes de que ese mecanismo no resuelve nada, y que todo es una mentira para alimentar otro mito del castrismo.
