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Ancianos cubanos: vivir de la basura y de la caridad

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18.03.2026

LA HABANA.- Muchas personas opinan que llegar a viejo es una suerte, un logro de la vida, que lo malo es no llegar. Pero en Cuba, envejecer puede convertirse hoy en una desgracia, sobre todo para quienes no cuentan con el apoyo de familiares o amigos que les brinden ayuda económica y afectiva. Para esas personas, la vejez resulta especialmente agobiante.

Cada vez es más frecuente encontrarse en la vía pública con ancianos andrajosos, sucios, con mal olor. Están sentados en el suelo, en portales o en espacios abiertos a la intemperie, donde incluso duermen porque no tienen vivienda ni a nadie que los atienda. La escena se ha vuelto tan cotidiana que muchos transeúntes apenas reparan en ellos o ya no se conmueven.

El principal problema que enfrentan estas personas —a quienes el gobierno denomina con el eufemismo de “vulnerables”— es la falta de dinero. Las pensiones que reciben los jubilados resultan irrisorias frente al alto costo de la vida en Cuba. Por eso muchos hombres y mujeres que trabajaron durante décadas terminan pidiendo dinero, comida o cualquier ayuda para poder subsistir.

La pensión mínima mensual es de 4.000 pesos, el equivalente a unos ocho dólares al cambio informal actual. Solo los ex militares y antiguos dirigentes de alto rango reciben pensiones superiores. Con esos 4.000 pesos apenas se pueden comprar alimentos básicos para un par de días. De modo que surge la pregunta inevitable: ¿cómo pagar entonces artículos de aseo personal, ropa, calzado o servicios como el agua y la electricidad?

En calles, parques y esquinas de La Habana es común ver personas con carteles que dicen “Ayúdame para poder comer”, junto a una caja donde depositan las monedas que les dan los transeúntes. Otros escarban en los montones de basura que se acumulan por toda la ciudad en busca de objetos que aún puedan vender. En el peor de los casos, hay quienes consumen alimentos desechados que encuentran entre los desperdicios.

La enfermedad provoca un temor particular entre los ancianos. Incluso quienes tienen dinero enfrentan dificultades para conseguir medicamentos, que muchas veces terminan revendidos en el mercado informal a precios exorbitantes. Para quienes carecen de recursos, la situación es aún más desesperada. Además, los hospitales cuentan cada vez con menos medios y muchos servicios han dejado de prestarse, por lo que un anciano que es ingresado suele sentir que su vida corre serio peligro.

Los suicidios entre personas de la tercera edad parecen ser cada vez más frecuentes, aunque este fenómeno no aparece reflejado en los medios oficiales. Conozco varios casos. Hace años, en mi edificio de nueve pisos, una anciana que decía sentirse muy sola cuando su único hijo se iba a trabajar se lanzó desde el balcón de su apartamento y cayó en el patio de un vecino. Más recientemente, otra mujer que vivía cerca subió hasta el último piso del edificio y se arrojó hacia un pasillo lateral.

Una de las ayudas gubernamentales son los llamados puntos del Sistema de Atención a la Familia (SAF), donde se venden desayunos, almuerzos y comidas a precios relativamente bajos para quienes están registrados por la Seguridad Social en su comunidad. A unos cien metros de mi casa existe uno de estos lugares. Allí la comida es escasa y de mala calidad. El desayuno consiste en un pan que cuesta un peso, mientras que en el almuerzo y la comida suelen ofrecer arroz y frijoles, nunca proteína, en porciones que apenas alcanzan para mitigar el hambre.

Muchos hogares de ancianos y casas de abuelos han cerrado en los últimos años. También han desaparecido las actividades deportivas y recreativas que los trabajadores sociales organizaban para la tercera edad en parques y espacios cercanos a sus viviendas, debido a la falta de personal. De todos modos, ya pocos ancianos podían asistir, porque la prioridad se ha vuelto salir a buscar algo que comer.

No pocos jubilados, hombres de más de 65 años y mujeres mayores de 60, se ven obligados a trabajar como custodios en centros laborales o mipymes para ganar algo más que su pensión, aunque ese ingreso sigue siendo insuficiente.

Tengo un amigo que, aun recibiendo la pensión máxima, trabaja de noche como vigilante en un puesto de productos agrícolas. Gana 500 pesos diarios y con eso, junto con su pensión, debe mantener a una familia de cuatro personas. Aun así, no le alcanza. Hace poco me confesó que el día anterior en su casa la comida había sido simplemente pan y agua con azúcar.

Solo quienes poseen negocios propios o reciben ayuda económica del exterior logran mantener un nivel de vida más digno.

Mientras tanto, los dirigentes insisten en repetir que “la Revolución no deja a nadie desamparado”. La realidad, sin embargo, dista mucho de esa afirmación. Los recursos que podrían destinarse a ayudar a los más desfavorecidos se gastan en concentraciones, reuniones, congresos y eventos a los que invitan a extranjeros para mostrarles los supuestos “logros de la Revolución”, mientras continúan culpando de todos los males al “bloqueo del imperialismo norteamericano”.


© Cubanet