Le confiscaron su negocio en Cuba y terminó transformando el comercio en Panamá
CIUDAD DE PANAMÁ, Panamá.- Cuando Juan Ramón Poll Cabrera llegó a Panamá —como un Colón que llega a un “nuevo mundo”—, el 12 de octubre de 1966, ya sabía lo que era empezar de cero. Cinco años antes había perdido los tres almacenes El Machetazo que había levantado en Santiago de Cuba, después de que fueran nacionalizados por el régimen de Fidel Castro.
Vino acompañado por su esposa, Vilma Sarlabous, y sus hijas Carmen, Vilma y Liliam. Traía el poco equipaje que permitía el castrismo, pero una idea que se negaba a abandonar: volver a construir el negocio que le habían confiscado.
Al transcurso de sesenta años, El Machetazo es una de las cadenas comerciales más conocidas de Panamá, con decenas de departamentos, miles de empleados y un nombre que forma parte del imaginario popular del país.
Tal vez porque hay países que recuerdan a sus grandes empresarios por los edificios que construyeron; pero Panamá también lo recuerda por sus eslóganes: “El hombre crea, el mono imita y con El Machetazo no hay quien compita” y “Hasta el gato compra en El Machetazo”.
Seis décadas después de que comenzaron a escucharse en la radio y la televisión panameñas, esas frases siguen formando parte de la memoria colectiva del país. Detrás de ellas estaba el cubano que llegó al istmo después de perderlo todo. Y que aun cuando no se exilió en busca de más fortuna que la libertad, encontró una segunda oportunidad de construirla.
Su historia suele contarse como la de un inmigrante exitoso. Pero también puede leerse de otra manera: es la historia de un empresario al que le arrebataron todo y que, cuando encontró un país donde podía emprender, demostró hasta dónde podía llegar una idea que en Cuba había sido interrumpida.
El negocio que nació en Santiago de Cuba
Mucho antes de convertirse en un referente del comercio panameño, El Machetazo había comenzado a abrirse paso en las calles de Santiago de Cuba.
Poll Cabrera, nacido en 1922 en una familia humilde, empezó desde abajo. La prensa de la época lo describía como un hombre que, “a base de sacrificios”, abrió primero una pequeña tienda llamada Casa Goly. Con el tiempo, aquel negocio evolucionó hasta convertirse en El Machetazo, uno de los almacenes más prósperos del oriente cubano durante la década de 1950.
Ubicado en la intersección de Aguilera y Padre Pico, el establecimiento vendía principalmente telas y artículos para el hogar. Con el crecimiento del negocio llegaron nuevos locales y una clientela que convirtió el nombre en sinónimo de variedad y precios accesibles.
Todo cambió tras la llegada de la Revolución. En 1961, el Estado intervino los almacenes y Poll perdió la empresa que había construido durante años. Como tantos otros emprendedores cubanos, salió del país con la experiencia acumulada, pero sin el patrimonio que había levantado.
¿Fueron legales las confiscaciones de 1960? Lo que dicen el régimen de Cuba y EE. UU.
El almacén del pueblo panameño
Cuando Poll abrió el primer El Machetazo en Panamá no estaba simplemente recuperando un negocio perdido, sino que estaba también adaptando su manera de entender el comercio a un país distinto.
Su experiencia ha demostrado cómo vender barato no significaba vender peor, y que el éxito de una empresa dependía, antes que todo, de que las personas sintieran que aquel lugar también les pertenecía.
Esa filosofía terminaría convirtiéndose en la identidad de la compañía hasta hoy, que ofrece mediante comercio electrónico una afiliación nombrada “clientazo”.
A diferencia de los comercios especializados, El Machetazo apostó por reunir bajo un mismo techo todo aquello que una familia podía necesitar, desde alimentos y medicinas hasta ropa, juguetes, artículos escolares, electrodomésticos, ferretería, lencería o muebles, un concepto que hoy parece habitual pero que hace seis décadas transformó la manera de comprar de miles de panameños.
Con los........
