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Fidel contra los sectarismos: Algunas lecciones

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26.03.2026

A principios de 1962, la caña estaba a tres trozos.

Para los que acabábamos de estrenar el plan de 50 mil becas ofrecidas por el Gobierno revolucionario a los alfabetizadores, la educación cívica y política iban juntas, y transcurría más bien fuera que dentro de las escuelas. En vez de clases de moral y cívica, como las que me tocaban en mi antiguo colegio presbiteriano, de adquirir “valores y buenos sentimientos” sentados en las aulas, o de informarnos nada más que leyendo noticias, aprendíamos a pensar y a actuar viviendo, participando y discutiendo cada día.

Por supuesto que buena parte de lo que aprendíamos transcurría en las escuelas. Para el año que recién se iniciaba, el Gobierno había destinado 14.57 % del presupuesto nacional total a la educación, la ciencia y la cultura; se había puesto en vigor la reforma universitaria; y después de la nacionalización de las escuelas privadas, incluidas las religiosas, seguía habiendo muy buenos maestros, profesión que se había hecho aún más prestigiosa y que atraía a decenas de miles a dedicarse a la enseñanza.

Además de maestros que nos ayudaban a usar la cabeza, interpretar la realidad circundante y analizar sus problemas, los acontecimientos en el gran teatro del mundo en que vivíamos nos mantenían en tensión dinámica.

Ese aprendizaje incluía las lecciones de cívica y política que impregnaban las intervenciones públicas, casi diarias, de los líderes de la Revolución, más cargadas de razonamientos que de consignas, y a menudo muy desafiantes.

Esa capacidad de argumentación y poder de convicción de Fidel alcanzaba a los no revolucionarios, como el ilustre profesor de Filosofía Jorge Mañach, impresionado por lo que él calificaba como “el ángel de Fidel”.

A quienes éramos todavía muy jóvenes, todo aquello de la Revolución nos apasionaba, porque tenía el arrastre de una aventura, que ocurría fuera de las cuatro paredes de nuestras casas, patios escolares, antiguas iglesias y barrios. Una aventura no programada, sin la tiesura formal de una asignatura; ni la índole de una descarga moral o pedagógica improvisada, como las que pululan hoy en las redes.

A quienes éramos todavía muy jóvenes, todo aquello de la Revolución nos apasionaba, porque tenía el arrastre de una aventura, que ocurría fuera de las cuatro paredes de nuestras casas, patios escolares, antiguas iglesias y barrios. Una aventura no programada, sin la tiesura formal de una asignatura; ni la índole de una descarga moral o pedagógica improvisada, como las que pululan hoy en las redes.

En aquellos meses de 1962 que precedieron a la Crisis de los misiles, tenía lugar la promulgación pública del embargo de EEUU por JFK, y la implementación secreta del plan Mangosta, cuyo impacto en el auge de la contrarrevolución armada impregnaba la vida cotidiana en todas partes; junto con la denuncia de Cuba en los organismos internacionales sobre la inminencia de un ataque contra la isla. Como se había demostrado hacía menos de un año en Playa Girón, el sentimiento de defender la patria iba más allá de ideologías, credos o generaciones.

Hay que decir que no todo eran movilizaciones y alarmas ante la amenaza de los enemigos. También gozábamos de escapadas y libertades propiciadas por la participación en el delirio colectivo de la Revolución; y cogíamos para festejar hasta las consignas de las recién creadas ORI, el partido único en que se habían fundido las principales organizaciones políticas unos meses antes, y que nosotros convertíamos en congas.

O sea, que arrollábamos en el patio de las secundarias o en medio de la calle cantando “somos socialistas, p´alante y p´alante/y al que no le guste, que tome purgante”; o “la ORI es la candela/no le diga ORI, dígale candela”.

O sea, que arrollábamos en el patio de las secundarias o en medio de la calle cantando “somos socialistas, p´alante y p´alante/y al que no le guste, que tome purgante”; o “la ORI es la candela/no le diga ORI, dígale candela”.

Tampoco los discursos de Fidel o el Che iban dirigidos siempre contra el enemigo, la contrarrevolución, el imperialismo y sus aliados latinoamericanos. Recuerdo como si fuera hoy aquella intervención por la TV, donde vimos a un Fidel enardecido emplazar a miembros de la dirección de esas mismas ORI, por practicar una política sectaria. Palabra que se quedaría grabada desde entonces en nuestro vocabulario político.

Volver a leer hoy aquel alegato contra el sectarismo, que cumple 64 años hoy 26 de marzo, podría resultar útil para identificar la genuina cultura política de la Revolución, nublada hoy por la confusión ideológica reinante y las disquisiciones magisteriales que la tocan de oído.

La crítica al sectarismo dentro de las ORI denunciaba con nombres y apellidos a quienes las habían convertido, a todos los niveles, en una instancia que concentraba y usurpaba poder a las instituciones del Estado y demás organizaciones; en una cofradía que repartía “favores, mercedes y daños”; y “al Núcleo [de las ORI] en un cascarón de revolucionarios,… que quitaba y ponía funcionarios, y en consecuencia no iba a estar rodeado por el prestigio que debe tener un Núcleo revolucionario, emanado........

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