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El legado de Fidel nos interpela hoy con más fuerza que nunca

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11.08.2026

Miguel Díaz-Canel Bermúdez, primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y presidente de la República. Foto: Dunia Álvarez Palacios

Conferencia Magistral de Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, en la inauguración del I Coloquio Internacional Fidel: legado y futuro, en el Palacio de Convenciones, el 10 de agosto de 2026, “Año del Centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz”.

(Versiones Taquigráficas - Presidencia de la República)

(Versiones Taquigráficas - Presidencia de la República)

Queridas hermanas y hermanos;

Distinguidos académicas y académicos, intelectuales, artistas, líderes sociales y políticos, jóvenes estudiantes, compañeras y compañeros que han venido desde los cinco continentes a compartir esta semana de reflexión profunda sobre el hombre que marcó el siglo XX y cuyo pensamiento ilumina el siglo XXI:

En nombre del pueblo cubano y de su Partido Comunista, reciban el abrazo más sincero que puede ofrecer una isla que no olvida a sus amigos.

Agradecemos que hayan hecho suyo el esfuerzo de estar aquí, desafiando distancias, campañas de desinformación y, en muchos casos, presiones de sus propios gobiernos.

Su presencia en Cuba es un acto de valentía y de coherencia, porque venir a Cuba hoy, en medio del recrudecimiento del bloqueo y de la hostilidad imperial, es un gesto de solidaridad militante que honra el legado de Fidel.

¡Felicidades, compañeras y compañeros, fidelistas de Cuba y el mundo que nos juntamos para celebrar cien años de una vida consagrada a la defensa de todas las causas justas!

Mis palabras no pretenden ser una conferencia magistral. No me propongo disertar, ni podría, sobre la vida y la obra de un líder de la estatura moral y ética del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz, el hombre que se negó a ser honrado con monumentos y estatuas, pero no pudo evitar que millones de compatriotas cubanos, de compatriotas de Nuestra América y de compatriotas del mundo honren cada día su memoria y su legado asumiendo y multiplicando sus ideas.

¡No hay mejor ni más sólido monumento que el que ustedes han levantado con su valiente presencia aquí, en la Cuba de Fidel, en su Centenario!

Lo que pretendo compartir con ustedes son solo ideas que brotan sin más orden que el que le ponen los sentimientos, la emoción y el compromiso revolucionario al privilegio de hablar de Fidel.

Estudiar y asumir con convicción la obra inmensa del Comandante en Jefe, tanto en pensamiento como en acción, es una necesidad imperiosa para todos los que estamos empeñados en promover transformaciones económicas y sociales que detengan el proceso de asfixia al que está siendo sometida la Revolución Cubana, como parte de una criminal guerra que dura ya más de seis décadas.

Salvar la Revolución Cubana de una de las amenazas más graves que haya enfrentado en 67 años, bajo agresiones de todo tipo, es el mayor desafío de nuestra generación y nos honra asumirlo convencidos de que venceremos. No se trata de una certeza sin fundamento. Contamos con una historia preñada de heroísmo, un pueblo entrenado en la resistencia y el legado de un líder que, siempre al frente de ese pueblo, convirtió los reveses en victorias.

Preservar las conquistas que dieron a este heroico pueblo la Revolución y el socialismo, romper todos los cercos que pretenden aniquilar a la nación como castigo colectivo por su dignidad, su resistencia y su decisión de no rendirse al más poderoso imperio de la historia, es el primer homenaje que le debemos a Fidel, nacido hace 100 años en un país marcado por la injusticia, la desigualdad y la dependencia, dolorosa realidad que él se prometió cambiar desde sus años de universitario rebelde y locuaz.

Del Aula Magna descendió convertido en revolucionario para encender las antorchas del Centenario del Apóstol, aquel que más tarde y muy joven aún devendría jefe del Movimiento 26 de Julio de 1953, que se lanzó contra los cuarteles de una dictadura sanguinaria y proimperialista para iniciar otra Guerra Necesaria.

El brillante abogado que convirtió su autodefensa en Programa político de su Movimiento, el tenaz prisionero que venció a sus carceleros transformando el Presidio Modelo en escuela de combatientes, el fundador de un ejército del pueblo que derrotó en dos años a un ejército profesional que poseía varias veces el número de sus fuerzas, el Comandante en Jefe que puso a Cuba en el mapa del mundo y llenó de esperanzas a los pueblos del continente, tenía ya un lugar en la historia cuando con solo 34 años estremeció a la Asamblea General de las Naciones Unidas con el discurso más largo y trascendente que se había pronunciado allí hasta entonces.

En aquella apasionada explicación de nuestra historia Fidel argumentó al mundo el panorama que encontró la Revolución triunfante en Cuba, que la propaganda de laboratorio de la guerra mediática actual pretende describirles a las nuevas generaciones como la Cuba próspera y deslumbrante de antes de 1959:

Seiscientos mil cubanos con aptitudes para el trabajo no tenían empleo.

Tres millones de personas, de una población total de algo más de 6 millones, no disfrutaban de luz eléctrica ni de ninguno de los beneficios y comodidades de la electricidad.

Tres millones quinientas mil personas vivían en cabañas, barracones y tugurios sin las menores condiciones de habitabilidad.

En las ciudades los alquileres absorbían hasta una tercera parte de los ingresos familiares.

Treinta y siete y medio por ciento de la población era analfabeta.

El 70 % de los niños de las zonas rurales no tenía maestros, y el 95 % padecía de parasitismo.

El 2 % de la población padecía de tuberculosis.

La mortalidad infantil, por tanto, era muy alta, y el promedio de vida de la población era muy bajo.

El 85 % de los pequeños agricultores pagaban rentas por la posesión de sus tierras, que ascendían hasta un 30 % de sus ingresos en bruto, mientras que el 1,5 % del total de propietarios controlaba el 46 % del área total de la nación.

Los servicios públicos, compañías eléctricas, compañías telefónicas, una gran parte de la banca, una gran parte del comercio de importación, las refinerías de petróleo, la mayor parte de la producción azucarera, las mejores tierras de Cuba y las industrias más importantes en todos los órdenes eran propiedades de compañías y monopolios norteamericanos.

Ni de la Revolución Cubana ni de Fidel podrá hablarse nunca desconociendo esa realidad, ese punto de partida, ese estado de cosas que demandó la transformación más radical del siglo XX en este lado del mundo.

Basta repasar las estadísticas actuales del país, incluso bajo las terribles restricciones que imponen más de seis décadas de bloqueo económico, financiero y comercial y siete meses de cerco energético, incluso en medio de los duros apagones, la falta de agua, los altos precios y otros problemas que dañan las esencias: los índices de salud, educación, ciencia, cultura, deporte, siguen siendo mejores que en otros países de similar desarrollo.

Por mencionar solo tres: somos el país de mayor tasa de médicos por habitantes, más de 9 por cada mil habitantes; uno de los diez con mayor esperanza de vida en el continente americano, con 77,7 años, y el que más ha aportado a la salud y a la educación de su población y de otras naciones, según criterios de la Organización Mundial de la Salud y la Unesco.

La gran obra social y humanística de la Revolución liderada por Fidel Castro, siempre bajo bloqueo y asedio, cambió tan radicalmente aquel panorama descrito por él en la Organización de las Naciones Unidas, en septiembre de 1960, que para siempre hará imposible el retorno de Cuba al pasado colonial y neocolonial.

Fue allí donde Fidel dejó dicha una de las más exactas ideas sobre los problemas del mundo que, en lugar de resolverse, se agravarían con la desaparición del campo socialista y la imposición de la unipolaridad. Cito su histórico discurso en la ONU en 1960:

“Las guerras, desde el principio de la humanidad, han surgido, fundamentalmente, por una razón: el deseo de unos de despojar a otros de sus riquezas. ¡Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra! ¡Desaparezcan las colonias, desaparezca la explotación de los países por los monopolios, y entonces la humanidad habrá alcanzado una verdadera etapa de progreso!”

El legado de Fidel nos interpela hoy con más fuerza que nunca. Comparto con ustedes algunas ideas que considero fundamentales.

¿Qué nos legó el Comandante en Jefe? Nos legó la certeza de que los sueños se conquistan defendiendo las ideas; nos dejó la lección de que el internacionalismo es una actitud que nos debe distinguir; nos enseñó la convicción de que el socialismo es el único camino para salvar a la humanidad del abismo.

Fidel fue el primero en denunciar la globalización neoliberal como el imperio de la muerte, y también el primero en alzar la voz por un mundo mejor para todos. Nos enseñó que la lucha por la preservación del medio ambiente y de la especie humana es también una batalla socialista, que la ciencia debe estar al servicio del pueblo, que la unidad de los revolucionarios es más importante que cualquier diferencia táctica.

En Fidel encontramos no solo a un líder historico, sino una escuela perenne de trabajo revolucionario: estudiar, analizar, prever, escuchar al pueblo y actuar con audacia y honestidad.

Fidel dirigió........

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