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Cuba 8’46’’

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28.03.2026

En los días posteriores al fin de la guerra de independencia, Dios se le apareció a Liborio –personaje que simboliza al pueblo cubano– mientras este cortaba caña. Exhausto, descalzo y con las manos sangrantes, Liborio le cuenta: “Ya no somos súbditos del rey de España. Ahora somos libres. […] Pero a veces me pregunto por qué la vida es tan dura todavía”. Dios le explica que “en este mundo nada puede ser perfecto, o de lo contrario nadie querría ir al Cielo. El azúcar es dulce, pero cuesta trabajo sacársela a la tierra. El océano es ancho y generoso, pero tiene tormentas súbitas y peligrosas corrientes que te arrastran y ahogan. Cuba misma es tan bella, la perla de mis criaturas, que he tenido que crear la peste, los mosquitos, los erizos de mar y las púas de marabú para que la vida aquí no sea como la del Paraíso”. Y reitera: “Nada puede ser perfecto en este mundo”. Liborio se aferra entonces a una última esperanza: “Pero la libertad no tiene manchas. La libertad sí que es perfecta, ¿no?”. “Para eso –le responde Dios– he creado a los yanquis”.

El académico y cubanólogo Louis A. Pérez, quien adaptara esa “Fábula sin ficción” (de la novela de John Sayles Los gusanos), la completa con esta otra mitad, de la cual extrae la moraleja: Dios creó a los Estados Unidos como una de las grandes naciones del mundo, dotada de un poder inimaginable y de una riqueza nunca antes vista. Pero calculó los peligros de esa suma de poder y de riqueza, y la facilidad con que la complacencia podría trocarse en arrogancia. Dios quería predicar la humildad, para subrayar que el ejercicio del poder, aun dentro de aquella escala sin precedentes, no carecía de límites. Y con el fin de despertar la codicia de los norteamericanos, Dios creó una tierra tan bella como Cuba y la situó cerca de Norteamérica, para que pareciera que el intento de poseerla contaría con el beneplácito divino. Pero Dios también concedió a los cubanos la fuerza moral y la voluntad colectiva necesarias para oponerse a esa pretensión. Los norteamericanos no lograban entender cómo ellos, que podían apoderarse casi de cualquier cosa que desearan, dondequiera que estuviera, no podían tener a Cuba. Cuanto más lo intentaban, tanto más los cubanos resistían. Esto se mantuvo durante casi dos siglos –concluye el académico–, así que el empeño norteamericano de apoderarse de Cuba y la determinación cubana de impedirlo se convirtieron en parte de la idiosincrasia de cada país y en una especie de obsesión para ambos.

He querido recordar esta fábula porque ilustra, mejor que cualquier análisis, cuál es la verdadera causa del conflicto que enfrenta a la Isla con su poderoso vecino del norte. Un año después del triunfo de la Revolución de 1959 el sociólogo estadounidense C. Wright Mills publicó un librito de éxito relampagueante tanto en inglés como en español........

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