Geoeconomía de la guerra
El último capítulo de la guerra en el Cercano Oriente se inició cuando Estados Unidos e Israel atacaron Irán. Las intenciones últimas de la ofensiva conjunta de Washington y Tel Aviv no son idénticas, aunque coincidan en el propósito común de debilitar, herir o disciplinar a la República Islámica.
En el caso de Donald Trump, sus misiles tienen como interpósito derrotero la República Popular, cuyo abastecimiento petrolero tiene en Teherán un exportador clave: el 16 por ciento de los hidrocarburos adquiridos por Beijing tiene origen en el golfo Pérsico. Si a ese porcentaje se le suman los barriles de crudo que comercializaba Venezuela, antes del ataque brutal sobre Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores, se totaliza una quinta parte de todo el petróleo que capta China, el segundo consumidor global, después de Estados Unidos.
China importaba casi un millón y medio de barriles diarios de Irán y otro medio millón de Venezuela. Teherán se había consolidado como un proveedor casi exclusivo de Beijing, a quien destinaba casi el 80 por ciento de sus exportaciones. La guerra de Donald Trump busca quebrar la multipolaridad, debilitando a uno de sus nodos centrales, el País del Centro, que ahora orienta su provisión hacia Moscú.
La guerra en curso expone a 16 países de la región debido a la presencia de bases estadounidenses en casi todos los Estados que rodean a Irán, y las antiguas hostilidades entre el mundo sunita y el chiita.
Esa complejidad lleva a que cada actor busque ventajas específicas e intente limitar las pérdidas. En la actual fase, la República Islámica tiene tres objetivos centrales: garantizar la sobrevivencia de sus instituciones políticas, generar una guerra de desgaste económico a través del cierre del Estrecho de Ormuz, y producir el máximo daño bélico a Israel y a los socios de Washington en la región.
Esa complejidad lleva a que cada actor busque ventajas específicas e intente limitar las pérdidas. En la actual fase, la República........
