El señor Darcy no vota al PP
Robert Duvall in memoriam
“Y tú, ¿cómo ligas?”. La pregunta reverbera en el aire de la sala de prensa, salida de la boca de una de las manos derechas de Ayuso –la Kali de las extremidades diestras–. Un tal Alfonso Serrano, hombre de verbo calenturiento y temperamento sanguíneo –llamó “gentuza” a los manifestantes que protestaban contra el genocidio palestino– se pronuncia ahora sobre el presunto caso de acoso sexual y laboral del alcalde pepero de Móstoles hacia una de sus concejalas. ¡Oh, sorpresa! Esos sucios asuntos, ¿no sucedían solo entre partidos perrofláuticos o perversos monclovitas? Al parecer, no. Pues toca cambio de tercio y repetir la estrategia del negacionismo de toda la vida: el del caso Nevenka. El calvario de la ponferradina y la persecución de su propio partido son bien conocidos y hasta tienen película: Soy Nevenka (Icíar Bollaín, 2024).
La interrogación retórica del encendido político deja implícita una afirmación que apela sin ambages a la propia experiencia. Como acto fallido freudiano, aparece la sombra del acoso masculino como una forma legítima de reclamar relaciones sexuales. Serrano, secretario general del Partido Popular en Madrid, no ha sido corregido por ningún correligionario, representando, por tanto, el sentir de su partido al respecto. Para más abundamiento, la presidenta extremeña, María Guardiola, afirmaba a renglón seguido, que su feminismo coincide con los postulados de un partido ultraderechista, antifeminista y negacionista de la violencia de género, entre otras muestras de machismo militante. Así es como el partido más votado de España y hasta ahora líder de la oposición, conmina a varios millones de españoles en edad de merecer –solo a ellos: aquí no aplica el genérico masculino– a repensar la forma de “ligar” contaminada de veleidades lgtbiq+, feminismo rojeras y otras doctrinas blandengues: el Fary es su faro. (Mientras se escriben estas líneas, salta la noticia de que este tipo de “ligoteo” puede afectar, presuntamente, a un alto mando policial acusado de violación. Alcaldes, presidentes, famosos, millonarios, policías… Todos presuntos.)
La metedura de pata del portavoz de Ayuso no es tal; responde a una pulsión que palpita en una parte de sus posibles votantes. Y esa no es otra que el deseo de regresión a tiempos pre o antidemocráticos en los que las féminas no resultaban amenazadoras y atendían el deseo hombruno sin chistar. Hasta funge como promesa electoral: “Vótenos y volverá usted a ligar y follar como toda la vida, sin temor a denuncias y a la clásica y machista manera”. Si algunos programas electorales van directos al bolsillo de los votantes –bajada de impuestos–, este va directo a su bragueta, cosa que siempre vende y mucho más en estos tiempos de amoríos virtuales, amantes avatares, parejas perfectas creadas con IA y también ciberacoso, deep fakes de venganza o Grok generando miles de imágenes sexualizadas –también de menores– por hora, superando de un plumazo toda la producción de cualquier web conocida.
No se alarmen, pero el CIS certifica que el 52% de los hombres españoles jóvenes creen que el feminismo ha sobrepasado sus objetivos, mientras que el 44’1% creen que están discriminados y sienten a las mujeres feministas como amenazas: el chivo expiatorio de todos sus males. Y mientras, ellas…¿qué hacen? Pues “cosas de chicas” que los hombretones desprecian, como celebrar el cumpleaños de Jane Austen. El año pasado, una de las escritoras más amadas de todos los tiempos cumplió 250 añitos pero está más juvenil que nunca, véase el fandom mundial, las celebraciones oficiales en los países de lengua inglesa y las numerosas adaptaciones para cine y televisión de sus novelas o versiones sobre su biografía, la última, la miniserie Miss Austen (2025). Además, son decenas las comedias románticas ambientadas o inspiradas en su universo, las últimas: Jane Austen arruinó mi vida (Laura Piani, 2024) y Buscando al señor Darcy (Wellington, 2025). Verdadera idolatría.
¿Cuál es la razón de ese éxito? ¿Qué les dice Austen a las mujeres del siglo XXI que tanto les interesa? Nacida en el siglo XVIII (1775), solo vivió 41 años, escribió únicamente seis novelas, nunca se casó y se sabe muy poco de su vida íntima –aquí una que se ha leído su cercenada correspondencia–. Murió pobre y fue despreciada por la crítica pero amada por generaciones de escritores, su influencia en el imaginario colectivo y la vigencia de su legado son enormes. ¿Un producto libresco-audiovisual más? ¿British merchandising?
Billete de 10 libras del Banco de Inglaterra.
Es una verdad universalmente conocida que las novelas de Austen tratan de las relaciones amorosas entre hombres y mujeres. O sea; según la época, cortejar, hacer match, tener tema con alguien o incluso ligar. Sí que es romántica y mucho, pero porque vivió en pleno Romanticismo, época de machos si Beethoven le pone música. Tiempos inestables, de crisis climáticas, económicas y sociales, con las guerras napoleónicas dejando muertos a millares por toda Europa y el consiguiente déficit de hombres jóvenes casaderos en todos los países, incluyendo la Inglaterra de la Regencia con sus retorcidos engranajes de dominación patriarcal: despojadas de herencia en favor de sus hermanos varones, una mujer debía casarse por pura supervivencia, esperando que un hombre la mantuviera. ¿Amor romántico? Mejor conformarse con que el “enamorado" no te salga idiota, borracho, crápula o que te muela a palos. Y entonces llega la señorita Austen, la hija del clérigo que nunca se casó, la joven respondona, irónica, divertida y listísima, a decirles a las mujeres –heterosexuales, porque estamos a principios del XIX– de su tiempo y de los nuestros cómo tiene que ser una relación amorosa que merezca la pena. Y como cualquier “austeniana” sabe, esa verdadera guía práctica está en la relación entre Elizabeth Bennet y Mr. Darcy en Orgullo y prejuicio (1813).
Darcy necesita un actorazo (y no hace falta que sea guapo).
“Las imágenes de la perfección, como sabes, me dan asco y me hacen mala.”
¿Es Darcy el hombre perfecto o ideal? No. Austen lo describe como un caballero altivo, rico, inalcanzable para la protagonista por su altísima posición social. Podría ser un auténtico gilipollas, un soberbio impresentable que desprecia a esa y a todas las mujeres por inferiores, creencia generalizada entre los grandes pensadores de su época. Y lo cierto es que eso parece al inicio de la historia; tendría sentido que este cayetano terrateniente fuera un tory conservador partidario de la esclavitud –¿el PP de la época?–. De hecho, mete la pata ligando mal –“te deseo a pesar de que eso me degrada” como razón primigenia del maltratador– y se gana una buena cobra, en su época “calabazas”, porque al otro lado está Austen avisando de que los hombres que actúan y piensan así no nos convienen. Darcy demuestra que es digno de ser amado solo al cambiar y comportarse de forma generosa, compasiva, tolerante, admitiendo sus errores y corrigiéndolos. Los hombres de Austen nos muestran muchos defectos pero también sensatez y amabilidad, como Henry Tilney en La abadía de Northanger (1817); son leales, discretos y se enfrentan a los problemas sin hacer alarde de ello como el Coronel Branson de Sense and sensibility (1811) y tienen muy claro que el privilegio, la riqueza o el poder nunca debe servir para humillar, como recuerda el señor Knightley a Emma (1815). Ninguno de ellos se enfrentará jamás de forma violenta con nadie porque su fuerza es la inteligencia y la razón, sus argumentos van destinados por igual a hombres y a mujeres, a las que respetan y muestran admiración; nunca las maltratarían ni violentarían, nunca se mostrarían crueles ni posesivos ni vengativos con ellas, pero tampoco con otro hombre. Son “caballeros” en su máxima expresión. Y no, a pesar del cine no tienen por qué ser guapos: Austen jamás utiliza ese adjetivo. Como ven, esos señores no se parecen en nada a los canallas que pululan por el mundo actual, los chulos groseros, agresivos y violentos que mandan de una parte a otra del globo, como Trump, Putin, Netanyahu, Milei y sus imitadores aquí, en España, tan vociferantes, arbitrarios, zafios, cobardes y malvados como ellos. Hombres que sin duda a nuestra Jane le hubieran parecido monstruosos.
Plantel de señores, no señoros.
Ahí tienen la razón de la vigencia de las obras de Jane Austen, la explicación al amor por su literatura y a la devoción de tantas generaciones de mujeres: sus personajes; hombres y mujeres paridos en igualdad por una escritora que brilla fuera de su tiempo y sigue señalando el camino. Ante esa pregunta preñada de acoso y desprecio por las mujeres, ese “Y tú, ¿cómo ligas?”, Austen nos muestra la respuesta correcta –apunten, señores–: “Yo ligo como el señor Darcy. Y él no te votaría nunca”.
