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El fútbol no ha muerto

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16.07.2026

La portería era la puerta de un garaje cerrado, el balón de plástico salía despedido y aparecía una vecina que gritaba porque alguien había vuelto a darle un pelotazo a los geranios. Uno crece pensando que el fútbol pertenece a su barrio. Luego descubre que hay una ciudad entera que los domingos se pone una camiseta amarilla. Después se entera de que hay una selección nacional y que el fútbol es una cuestión de Estado que ayuda a ocultar otros problemas. Finalmente, comprende que ni el barrio, ni la ciudad ni el país mandan nada y que el fútbol pertenece a quienes han hecho de él una de las mercancías más rentables del planeta pervirtiendo su fuerza social. Para entonces, uno ya está enganchado.

El mundial de Estados Unidos lleva semanas recordándonos que el fútbol, en su versión más global y televisada, no es un deporte ni un juego; es un producto. Y, como todo producto del capitalismo tardío, tiene dueños, reglas de mercado y precio de venta. Sabíamos que la FIFA no era una institución ejemplar –escándalos de corrupción, dimisiones en masa del Comité de Gobernanza, sedes compradas, alianzas con regímenes de cualquier signo y una mercantilización creciente–, pero en este mundial ha cruzado la línea roja del pudor y ya ni siquiera se esfuerza en disimular.

Celebrar un mundial en un país que está en guerra, que ha deportado, violentamente, a miles de personas procedentes de los mismos países que llenan sus estadios y que ha convertido su frontera en una herramienta de exclusión constituye una........

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