menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Llegar a La Habana

5 0
08.06.2026

El avión aterriza en el aeropuerto José Martí y ajusto la hora: una más que en Bogotá, desde donde partió el vuelo, y una menos que en Buenos Aires, donde esta nota se publicará. Cuba queda allí en el medio, centrada entre mis dos frecuencias circadianas. Pienso, jugando con las circunstancias, que es algo de eso lo que refuerza la sensación de bienestar al aterrizar, aunque sé que esa emoción se debe antes que nada al amor profundo que siento por la Revolución Cubana, por el pueblo que la protagonizó y que hoy resiste, una vez más.

Como en cada aeropuerto, lo primero es pasar por migraciones. El personal de control atiende en unos escritorios de madera, apuntando los datos de los viajeros a mano, aunque después hay que pasar por unas cabinas donde la verificación es más formal. Tras exponer las valijas a los scanners habituales, toca atravesar el último filtro: el de los agentes de seguridad que, más discretos, de pie cerca de la salida, cruzan la información sobre los viajeros con el criterio de selectividad visual que necesariamente aprende todo agente de seguridad. Estoy llegando en un vuelo proveniente de Colombia –un hándicap en algunos países– y, como la mayoría de los pasajeros de mi vuelo son cubanos, los visitantes somos fáciles de identificar. Con amabilidad, dos de los cinco agentes me salen al cruce, me piden la documentación y al ver el pasaporte argentino quieren saber si resido en el país de García Márquez y de Pablo Escobar. Les digo que no, que vengo de allí por la Feria del Libro de Bogotá y que vine a Cuba a visitar a la gente amiga de Casa de las Américas. Llevo una carta que justifica la cantidad desproporcionada de libros que cargo, pero no hace falta mostrarla. La combinación de acento argentino y la mención a Casa de las Américas funciona como contraseña: por favor caballero disculpe la molestia, bienvenido a Cuba, me dice solemne el que parece ser el jefe del grupo de control. Me estrecha la mano, me invita a pasar.

Foto: Kaloian Santos Cabrera

Al salir del edificio me encuentro con un sol tremendo, dos buses de Cubatur disponibles solo para quienes pagaron algún paquete all inclusive desde Europa o Estados Unidos a costos de turismo internacional, algunos taxis, algún que otro triciclo eléctrico (carritos que pueden llevar hasta 6 personas) y motos, eléctricas las más pequeñas y a gasolina las tradicionales. En una de estas, de las más grandes, me espera Josué. Habíamos cruzado fotos un día antes por whatsapp, así que nos reconocemos de inmediato. Pactamos el viaje hasta El Vedado en 30 dólares, algo menos de lo que cobran los taxis, casi el doble de lo que se pagaba por el mismo viaje un año atrás (contrario a mi hábito que me facilita viajar mucho con recursos ajustados, en Cuba –lo tengo decidido– no voy a regatear). Me explica Josué que el litro de gasolina se paga, al día de hoy, entre 8 y 10 dólares, un precio inalcanzable para quienes perciben sus ingresos en pesos cubanos en la Isla; solo cobrándole a los turistas lo que después deben pagar en la gasolinera, es que esos taxis y estas motos pueden cargar el tanque y ponerse a trabajar. Resulta caro, es cierto, pero, puestos a desdramatizar, es lo mismo que se paga un taxi de Ezeiza al centro de Buenos Aires, y la distancia también es similar. Solo que en Cuba ese dinero va, en gran medida, a pagar el costo de la gasolina, mientras que en Argentina ya sabemos: la comisión de las aplicaciones, la especulación en los precios al tratarse de turistas, la plusvalía y todo lo demás.

Pasando en limpio, más allá de la anécdota: sepan que cuando aterricen en La Habana habrá, esperándoles, taxis varios, carros o motos, por lo que llegar al centro de la ciudad no implica ningún tipo de dificultad.

Josué ahora se dedica a llevar y traer viajantes en su auto o en su moto, aunque es licenciado en educación física. Trabajó como profesor en distintos colegios, pero, me dice, con cinco mil pesos cubanos que sería su sueldo, no puede mantener a la familia. Al cambio, son diez dólares mensuales. La........

© CTXT