El derecho a no creerles
“Las cosas son más complejas”, ingenuo, amigo de los ayatolás o sanchista. O todo lo anterior. Eso oirás si en la conversación donde están ellos, tú pronuncias expresiones como “muerte de inocentes”, propaganda, “derecho internacional” o asesinos. Pero tú ya lo sabes, y esta vez no te importa, porque son ellos los que están incómodos.
Ellos son los apologetas del cinismo, esos que llevan más de una década llamándote ingenuo, buenista, o quizás tonto útil cada vez que tú esgrimes un principio moral en un asunto público. Ellos, tan hábiles escorpiones acostumbrados a pinchar con su aguijón los difíciles consensos morales y cambiarlos por el nihilismo prêt-à-porter, de pronto nos sorprenden con la fe del carbonero: crédulos, biempensantes, ingenuos, necesitan creerse las beatíficas intenciones de Trump, Netanyahu y sus séquitos.
Quién los ha visto y quién los ve. Míralos, proclamando, como una letanía aprendida, santas razones en racimo: la eliminación de una dictadura, la destrucción de armas, la protección de los buenos vecinos de las amenazas del malo, la democratización de la región, la liberación del pueblo, el derecho a protestar, la dignidad de las mujeres, la lucha contra el terrorismo y si hace falta, la paz. “Si lo hacen, será por algo”, resumen, con argumento irrebatible. Es la fe, estúpido. Ora pro nobis, Donald, parece retumbar la Capilla Oval en esa grimosa oración en torno a su santón. Un santón capaz de hacer el milagro de salvar a un pueblo mediante su genocidio (“barajamos la destrucción total”, dijo........
