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Sobre el demonio

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24.07.2026

No había nada. El bosque y el vertedero se confundían, y el tiempo libre transcurría en ese punto, que ya no era ni ciudad ni monte, ni explosión de la vida ni de la muerte. Se trataba, ahora lo sé, del Limbo, de un espacio apenas recordado, en el que no había nada, ni, en breve, nadie, nadie que lo recuerde. Por eso mismo me sorprendió que un día, entre semana, en el Limbo, mi madre nos agarrara de la mano y nos llevara hasta el cine. Era confortable ir a algún sitio donde no los había. Y era aún más confortable el tacto de la piel de cabritillo, la más suave y delicada entre todas las pieles, de los guantes azules de mamá. Ese día, en el cine, repleto de niños, no había película alguna. En el punto en el que debía estar la pantalla había algo más. Algo raro, algo parecido a un armario. No era un armario, claro, sino un teatro de polichinelas, un objeto que nunca había visto antes. En ese teatro se representaron aquel día........

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