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No mires a la derecha

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20.02.2026

De qué tratáis, preguntaba mi abuela cuando ya no era capaz de mantener una conversación, pero le interesaban las de los demás. Lo poco que le quedaba de conexión con el entorno intentaba aprovecharlo centrándose en lo importante. Por eso no intentaba saber quién decía qué, ni qué opinaba quién, sino de qué iba la cosa, así, en general. El marco, lo llaman los politólogos que, imitando a mi abuela, saben que ahí está la chicha. Quien pone el marco, quien decide de qué se habla, impone el relato. Como ya saben, tuvo lugar en Madrid el intento un millón por unir a la izquierda con solemne entrega de flores y diploma para Gabriel Rufián (ERC) y Emilio Delgado (Más Madrid). El marco era a ver qué cojones inventamos. Un marco adecuado, porque, como decía Anguita, la izquierda siempre tiene la obligación de ser creativa. Rufián lo es y Delgado también, dos líderes absolutos de la izquierda digital, tan importante hoy, especialistas ambos en colocar su mensaje, que con razón despertaron interés. Hasta mi abuela, más de derechas que la guantera del coche, hubiese preguntado: y esos dos de la tele, ¿de qué tratan?

Si el marco que se pretendía instalar era el de vamos a inventar, hoy se habla sobre cosas ya inventadas: seguridad y choque cultural. Dos marcos made in la guantera del coche que, por algún motivo, Rufián y Delgado decidieron colocar sobre la mesa. El de Esquerra habló del burka y dijo que es una salvajada que la izquierda no puede permitir. Los medios de derechas, es decir, el 90% de los medios, se hicieron eco titulando que “Rufián llama salvajada al burka después de votar contra su prohibición”. Toma, para que vuelvas a cruzar la linde, parecen querer decirle. Emilio Delgado habló sobre seguridad en España, uno de los países más seguros del mundo. Habló sobre los peligros de que los niños bajen a jugar a la plaza en algunos barrios y volvió loco a Juan Soto Ivars, que, entusiasmado como si hubiese visto de cerca una denuncia falsa, vio en su reflexión un brillo de esperanza para la izquierda real, ya saben, la de verdad, la de toda la vida, la de Felipe González, Pablo Motos y Mario Vaquerizo.

Cómo de importante será el marco que el escritor Uclés fue noticia por bajarse de un marco tramposo, “todos perdimos la guerra”, y Rufián y Delgado lo son porque han decidido subirse a uno que conduce a darle la razón a la derecha. Si el problema es que mi hijo no puede bajar a la plaza, no me sirve, como proponía el líder de Más Madrid, un largo proceso de justicia social que derive en la desaparición de la delincuencia asociada a la marginalidad en unas décadas: quiero policía, la quiero hoy mismo y la quiero esposando a gente que tenga pinta de delinquir, ya ustedes me entienden. Si el burka es un asunto importante, un tema urgente a tratar en la España de hoy si la izquierda quiere adaptarse a los nuevos tiempos, los medios que titularon con la incoherencia de Rufián le marcan el camino coherente: prohibición y, ya que nos ponemos, unas monjitas que recen un padrenuestro por las santas calles que ese burka pisó.

Además de las buenas intenciones que nadie les discute a los convocantes del acto, la izquierda necesita buenas estrategias y eso exige un relato propio, fresco y original (esa pepita de oro que todos buscan en el río y pocos encuentran) y no uno de segunda mano propiedad de quienes quieren fusilarte políticamente. En la España real, el problema no es el burka, sino la vuelta al nacionalcatolicismo de millones de jóvenes que han encontrado en retroceder siete décadas un acto punk. Ayuso, que ya ha empezado a financiar con dinero público a grupos de música católicos como Hakuna, sabe bien que por ahí van los tiros en el futuro. Si la izquierda propone extirpar toda religión del espacio público, tendrá un relato propio que defender. Ni un burka ni una cruz en la escuela es una idea que se entiende. Si la idea es subirse a la ola para centrarse en el pequeño número de mujeres que en España ocultan su rostro bajo una prenda, eso, definitivamente, lo gestionarán mejor nazis con pasamontañas que fundarán un ICE nacional. Si se trata de conectar con los barrios obreros, el miedo real, lo que de verdad genera pánico entre la gente trabajadora, no es la seguridad en un país que mantiene las mismas tasas de delincuencia bajas desde hace 30 años, no es bajar a la plaza. El miedo es que suba el alquiler. Si compramos punitivismo porque está de moda, hagámoslo bien. Pongamos a la policía a patrullar por los negocios de los grandes tenedores de vivienda, persigamos y esposemos a quienes cometen ilegalidades con decenas de pisos turísticos sin licencia. Sería una propuesta original, novedosa, aplaudida por los vecinos de barrios obreros y adaptada a estos tiempos en los que la represión parece vender likes.

En el acto del Teatro Galileo Galilei –bien elegido para pedirle a la izquierda que se mueva– se escucharon algunas cosas muy interesantes y verdades indiscutibles. Qué sentido tiene que haya 14 partidos de izquierda presentándose con el mismo programa en la misma provincia, se quejaba Rufián, y hay que ser muy secretario general de algo pequeñito para no estar de acuerdo con él. Es imposible no coincidir en que se necesitan nuevas estrategias y se necesitan de manera urgente. Hay que agradecerles a Rufián y Delgado que lo intenten, que den la cara, que le pongan ganas, que arrimen el hombro. Pero hay que recordarles también que, aunque en redes sociales pueda funcionar bien cierto grado de transversalidad según la tendencia, la calle es más exigente y ahí no funciona copiar relatos, hay que crear los propios y que te los compren en la frutería. Quizá ese sea el primer, más urgente y quizá único paso para la supervivencia de una izquierda que observa la llegada del meteorito. Se titulaba con ironía la peli de Adam McKay “No mires arriba”. Sin ironía, habría que pedirle a la izquierda que no mire a la derecha. 


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