Manual económico definitivo para el chaqui
Este domingo de carnaval lo último que usted quiere leer es una columna sesuda sobre la coyuntura económica boliviana, con datos, déficit y cara de velorio. Y seguramente está convencido de que los economistas no tienen carnaval: criaturas frías, con corazón de piedra pómez, más aburridas que ascensor sin espejo en edificio de Miraflores un lunes a las siete de la mañana. Además, dicen las malas lenguas, con evidencia empírica contundente: los economistas tenemos dos pies izquierdos que convierten cualquier cueca en una secuencia de saltos aleatorios fácilmente confundibles con un ataque de muyu muyu.
Pero, permítame arruinarle el prejuicio con elegancia: los economistas entendemos perfectamente sobre todo tipo de desenfrenos fiscales y espirituales, conocemos sobre la fiesta de la carne y los laberintos del otro yo. Solo que, mientras otros celebran los excesos, nosotros administramos el “day after”, el día siguiente. Somos los sacerdotes de la contención, los guardianes del Miércoles de Ceniza y, sobre todo, los maestros en la sofisticada ciencia de curar un chaqui homérico.
Todo economista serio sabe que el chaqui, la resaca o la cruda no es un accidente: es un shock exógeno autoinfligido. Es la consecuencia natural de una expansión monetaria etílica sin reglas fiscales personales. En buen castellano, es la consecuencia lógica de cascarle sin medida ni clemencia.
La resaca, ese impuesto camuflado al disfrute de anoche, es quizá la forma más democrática de castigo divino: en carnavales, todos son unos populistas gastadores, le meten a la pachanga, derrochan alegría y doblan el codo como contratados, pero el ajuste lo paga el cuerpo al día siguiente, sin apelación ni amparo constitucional.
Como verá, amable lector, los economistas conocemos de........
