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A 19 días de las subnacionales

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03.03.2026

A 19 días de las elecciones subnacionales, la tendencia informativa respecto a las candidaturas está enfocada en impugnaciones, guerra sucia o cualquier estrategia destinada a destruir al rival, sin que prevalezca lo más importante: las propuestas.

Más de siete millones de votantes están llamados a acudir nuevamente a las urnas para elegir a las autoridades locales y departamentales que administrarán sus recursos por los próximos cinco años, hasta 2031. Se trata de una gran responsabilidad y también de un ejercicio de fortalecimiento de la democracia.

Estos comicios serán diferentes a los generales de 2025, porque el electorado debe votar por quienes tienen la misión de resolver sus problemas más cotidianos en su barrio, en su municipio y en su departamento. Así, el gran desafío es votar por la mejor propuesta, no solo por un rostro.

Hasta ahora, la campaña parece haberse reducido a presentar listas de buenas ideas e intenciones. Pocos hablan de planes de desarrollo que, por la duración de sus mandatos, deberían ser quinquenales.

En el caso de los candidatos a los gobiernos municipales, hay una tendencia a ofrecer un cambio. Pero una buena campaña no debería prometer “transformar la ciudad”, sino explicar cómo tal o cual postulantes hará que la ciudad funcione mejor todos los días.

La frase puede sonar modesta, pero encierra una verdad esencial que convendría no perder de vista en este proceso electoral: los municipios no están para reinventar el mundo, sino para hacer que la vida cotidiana sea más llevadera, más ordenada y más justa.

Transformar la ciudad suena bien, aunque casi nunca se explica qué significa exactamente. ¿Transformarla para quién? ¿Desde dónde? ¿Con qué recursos? ¿En cuánto tiempo? La experiencia muestra que detrás de esas promesas suelen esconderse proyectos inconclusos, obras vistosas pero poco útiles, o ideas importadas que no dialogan con la realidad concreta del territorio.

En cambio, hacer que la ciudad funcione mejor es un objetivo mucho más exigente de lo que parece. Implica garantizar servicios básicos que operen sin sobresaltos, calles transitables, transporte previsible, barrios atendidos, trámites simples, normas claras y autoridades que gestionen más de lo que declaman. Implica, también, asumir que para gobernar una ciudad no basta con una buena performance en las redes sociales, sino que se necesita un ejercicio diario de administración, coordinación y toma de decisiones.

Una ciudad funciona cuando el vecino sabe a qué atenerse. Cuando el comerciante puede abrir sin miedo a arbitrariedades. Cuando el joven puede imaginar un futuro sin tener que obligadamente dejar su lugar de origen. Cuando el espacio público se cuida, no se improvisa. Cuando la planificación pesa más que la coyuntura.

Las campañas municipales deberían servir para eso: para explicar cómo se va a mejorar lo que ya existe, cómo se va a corregir lo que no funciona, cómo se va a priorizar en un contexto de recursos escasos. Menos promesas coloridas y más diagnósticos honestos. Menos frases de impacto y más hojas de ruta creíbles.

En tiempos de desencanto con la política, tal vez el mayor acto de responsabilidad sea decir la verdad: que gobernar una ciudad es complejo, que no hay soluciones mágicas y que los cambios reales suelen ser silenciosos, acumulativos y poco espectaculares. Eso sí, también duraderos.

La buena política municipal no se mide por el tamaño de las promesas, sino por la capacidad de mejorar la vida diaria. Y eso empieza por algo tan simple —y tan difícil— como hacer que la ciudad funcione.


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