Las dos orillas | El abuelo que estoy siendo y el que me gustaría ser
Las dos orillas | El abuelo que estoy siendo y el que me gustaría ser
Los abuelos bailadores y bonchones de la plaza San Jacinto en su batalla contra la soledad
Por Armando Carrieri Hernández
12/10/2026.- Confieso que este año ingresé, casi sin darme cuenta, en la categoría etaria de la tercera edad. Ciertamente, la vida es un salto entre el nacer y esa "mar que es el morir". Tengo por crianza, cercanía y afecto un gran cariño por los abuelos y abuelas. Debo decir que en mi caso la figura de mi abuela es una marca que es casi un estigma. Pasan los años en la parábola que dibuja ese salto que es la vida y ahora me encuentro a los 60 años en una edad que vivo como la primera.
Ese respeto ritual a los mayores me ha ganado varios pleitos con las generaciones recientes. Camioneteros que actúan desde la idiotez de lo inmediato, motorizados que ejercen su poder delincuencial en las calles, jóvenes cuyo presente es miserable y cuyo futuro será peor, instituciones de fachada humana, pero que privilegian el festín sobre la sabiduría.
La plaza San Jacinto es un espacio público enclavado en el “casco histórico de Caracas”, fundado en 1595 y que, con el pasar de los siglos, desde 1892 es también conocida como plaza El Venezolano: Ponerle dos o más nombres a un mismo sitio es algo muy frecuente en nuestras ciudades. Por estos días me ha tocado transitar con mucha frecuencia por el centro de Caracas. Una tarde de estas caminaba junto a unos amigos y de improviso notamos una concentración de personas. Al acercarnos nos dimos cuenta que tenían una discusión por algo que en ese momento desconocíamos. Gran parte de las personas concentradas eran abuelos y abuelas y el resto eran los curiosos que, como nosotros, observábamos la discusión.
Identificamos a una señora de pelo canoso como una de las líderes del grupo de abuelos. Así conocí a la Sra. Olga, me dio su número y le dije que iba a escribir sobre ellos. Desde ese día comencé a recibir mensajes de buenos días, bendiciones y buenas noches de la Sra. Olga. Le planteé una reunión con ella y otros abuelos para generar esta crónica que, como le decía a mi amigo Manuel Grillo, es un primer ejercicio de “solidaridad etaria”.
Los citamos para uno de los cafés de la plaza San Jacinto, esos que están en plena cuadra Bolívar. Acudieron, conducidos por la Sra. Olga, cuatro abuelos. Yo les dije que les iba a invitar un cafecito, pero al consultar el precio de un guayoyo en uno de los sitios adyacentes a la plaza, decidimos trasladarnos a una oficina cercana donde trabaja una muy querida amiga. Al final ella también se sumó a la........
