Sajonia-Anhalt, la AfD y el error de leer el presente con el diccionario de 1933
El autor de esta columna sostiene que el 43,8% obtenido por la AfD en Sajonia-Anhalt responde a factores estructurales propios de la región —una sociedad moldeada por la RDA que nunca fue individualista, un antifascismo oficial que funcionó como absolución colectiva, una unificación vivida como absorción económica, el desgaste de la clase política alemana, y una AfD que combina la «respetabilidad» de Alice Weidel con el giro amable de Ulrich Siegmund. Concluye que «la pregunta alemana, entonces, no es si vuelven los años 30. Es si un sistema construido enteramente sobre el supuesto de que el centro siempre podrá coaligarse contra los extremos puede seguir funcionando cuando el extremo obtiene 43,8% y el centro no llega a 20%. Sajonia-Anhalt ha respondido que no. El resto de la República tiene, todavía, tiempo para responder otra cosa».
Imagen de portada: de izquierda a derecha, Weidel, Siegmund y Chrupalla, líderes del AfD (instagram AfD)
El domingo 6 de septiembre, en un Land de poco más de dos millones de habitantes, la Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el 43,8% de los votos. La CDU del ministro-presidente Sven Schulze cayó al 17,2%, su peor resultado histórico en Sajonia-Anhalt; el FDP desapareció del parlamento con 2,4%; la Linke, que en esa tierra fue durante décadas el partido de la memoria oriental, quedó en 8,6%. La participación subió del 60,3% al 77%: casi un millón 300 mil personas votaron, y buena parte del aumento se convirtió en votos para la AfD. Con 39 de 83 escaños, el partido liderado regionalmente por Ulrich Siegmund, quedó a tres de la mayoría absoluta y sin socio alguno dispuesto a dárselos. La coalición saliente -CDU, SPD y FDP, la única de su especie en Alemania— ya no existe aritméticamente. La única lectura sensata de la noche es también la más incómoda: no se trata de una protesta, sino de una preferencia.
Conviene resistir la tentación del atajo. Desde hace una década, cada resultado de este tipo se recibe en Europa y en América Latina con el mismo estremecimiento y el mismo vocabulario: Weimar, 1933, el retorno. La analogía tranquiliza porque promete que ya conocemos el guion. Pero un fenómeno que se explica demasiado rápido no se explica: lo que ocurrió en Magdeburgo tiene una historia propia, una geografía propia y un proyecto propio, y ninguno de los tres es el del nacionalsocialismo.
UNA SOCIEDAD QUE NUNCA FUE INDIVIDUALISTA
El primer dato es geológico más que político. La AfD gana donde estuvo la RDA. No porque el Este sea más pobre -lo es, pero Sicilia también lo es y no vota a Meloni con estos números-, sino porque allí se formó, durante 40 años, un tipo de sociedad distinto del que la República Federal daba por universal.
La RDA fue una comunidad, no una asociación de individuos. La vida transcurría en colectivos: la brigada, la casa, el jardín obrero, la organización juvenil. La seguridad era baja pero cierta; el horizonte estrecho, pero legible. Esa experiencia dejó una intuición duradera de que la política existe para proteger a los de dentro, y no para arbitrar entre extraños que llegan de fuera.
Y de extraños hubo pocos, mal integrados por diseño. Los cerca de 90 mil trabajadores contratados -vietnamitas, mozambiqueños, angoleños, cubanos- llegaron bajo la retórica de la solidaridad socialista y vivieron bajo un régimen estrictamente funcional: contratos a plazo, residencias separadas, control de visitas, repatriación en caso de embarazo. Nunca fueron vecinos: fueron mano de obra prestada por la fraternidad internacional. La RDA produjo así una paradoja que hoy pagamos: proclamaba el antirracismo como doctrina de Estado y practicaba la segregación como norma administrativa. Cuando en 1990 desapareció el aparato que sostenía ambas cosas, quedó la costumbre sin la doctrina.
A eso se añade el segundo legado, más grave:........
