Neuroprotección: el caso META y el principio que falta en nuestra política digital
A propósito del reciente acuerdo judicial de Meta en Estados Unidos, el autor de esta columna sostiene que la política de ciencia, tecnología e innovación en Chile carece de un principio explícito de neuroprotección, y propone incorporar una Evaluación de Impacto en Neuroprotección obligatoria para toda tecnología digital que el Estado destine a niños y adolescentes. Concluye que «si existe una responsabilidad que una sociedad debe asumir antes de entregar a sus hijos a una tecnología, es precisamente esta: examinarla antes de que ella nos examine a nosotros».
Imagen de portada: José Humberto Campos / Agencia Uno
Permítanme comenzar con una pregunta: ¿qué entendemos por progreso?
¿Es progreso aumentar la velocidad con que desarrollamos inteligencia artificial, automatizamos decisiones y digitalizamos nuestras instituciones? Sin duda, puede serlo. Pero ¿es suficiente que una tecnología sea posible, eficiente o competitiva para que resulte conveniente incorporarla masivamente en la vida de nuestros niños y adolescentes?
Y una pregunta todavía más incómoda: si la infancia y la adolescencia son etapas de intensa plasticidad cerebral, ¿no debería la protección del cerebro en desarrollo constituir un criterio explícito y prioritario de nuestra política de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación?
No planteo estas preguntas desde la tecnofobia. Sería absurdo desconocer los extraordinarios aportes de la tecnología y de la inteligencia artificial a la ciencia, la medicina, la educación y la economía. Precisamente por su enorme capacidad transformadora, estas herramientas necesitan contrapesos proporcionales a su capacidad para intervenir sobre la conducta humana.
Una sociedad científicamente madura debe preguntarse no solo qué podemos hacer con una nueva tecnología, sino qué deberíamos hacer con ella, bajo qué condiciones y para beneficio de quién.
La evidencia disponible obliga a desterrar dos extremos: el alarmismo y la ingenuidad. Según un reciente informe de la OCDE, Chile encabeza la lista como el país donde los adolescentes pasan más tiempo conectados a redes sociales, promediando más de 45 horas semanales frente a plataformas digitales. Las consecuencias de este diseño extractivo han detonado una crisis clínica: estudios nacionales revelan que más del 60 % de nuestros niños y jóvenes ya presentan síntomas de ansiedad y depresión.
Por eso, el debate no puede reducirse al conteo de horas de pantalla. La pregunta de fondo es estructural: ¿qué tipo de entorno estamos construyendo para un cerebro que todavía está aprendiendo a regularse, concentrarse, empatizar, decidir y pensar?
Ahí aparece un concepto que debe ocupar un lugar central en la política pública: la neuroprotección.
Neuroproteger no significa aislar al cerebro de toda tecnología. Significa proteger las condiciones biológicas, psicológicas, sociales y culturales que permiten que una persona en desarrollo alcance su autonomía, su capacidad de juicio crítico y su libertad.
¿Qué ocurre cuando la velocidad deja de ser un........
